imagotipo

Mujeres en busca de sexo

Por Patricia Arciniega Fuentes

Virginidad: virtud o estorbo

“No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones” 

Steven Covey

Hace unos días, durante una reunión platicábamos entre amigas sobre las ventajas y desventajas del matrimonio, del amor incondicional que se tiene hacia los hijos, de lo aburrida que puede ser a veces la vida en familia, de las aventuras amorosas que viven las que han decidido permanecer solteras, en fin, de todas las situaciones que se pueden presentar en la vida de las mujeres y de cualquier ser humano. Todas nos arrebatábamos la palabra para hacer alarde de nuestras mejores experiencias. Solamente una de nosotras permanecía en silencio, escuchaba con la mirada perdida, parecía que no tenía nada que contar.

Los temas se sucedían uno a otro, a veces estaban encadenados entre sí y otras, aparecían sin sentido, por eso no sé exactamente cómo terminamos hablando del día en que perdimos la virginidad. Entre sonrojos y risas nerviosas, contamos cómo y cuándo había sido la primera vez. Una de ellas narró con orgullo la forma estoica en la que ella y su novio habían llegado vírgenes hasta el altar, después de 11 años de noviazgo. Además de que aquel hombre es, fue y será el único con el que comparta los placeres de la carne. Otra al iniciar su narración, habló de la virginidad como una desfloración, compulsivamente acudió a mi memoria un recuerdo de la infancia.

“Nunca olvides que la virginidad es una flor que debes guardar, para dársela al hombre indicado”, estas fueron las palabras que pronunció mi madre, una vez que terminó el taller de sexualidad al que habíamos asistido juntas, cuando yo cursaba el último año de la escuela primaria.

Durante muchos años esas palabras permanecieron en la memoria olvidada, no fue sino hasta que mi primer novio murmuró entre besos y caricias, el deseo desenfrenado de hacer el amor conmigo, que emergieron como volcán en erupción e irremediablemente una pregunta me turbó. ¿Era el momento de entregar aquella flor? ¿Acaso él era el hombre indicado, el afortunado? A las pocas semanas la pasión y la ilusión de mi primer amor se agotó. ¡Qué bueno que no le había dado la tan preciada flor!

Llegaron otros hombres a mi vida y con ellos los mismos cuestionamientos, los mismos sobresaltos. Todo aquel dilema terminó cuando cayó en mis manos la obra de Simone de Beauvior y de otras tantas mujeres, que hablaban de la virginidad como el derecho de propiedad que ejerce un hombre sobre una mujer, de la importancia económica que puede tener esta condición y así brindarle a ciertas familias la oportunidad de mejorar su estatus económico, de la castidad como una virtud. Todas estas ideas me parecieron detestables y decidí deshacerme del tan preciado regalo que me había dado la naturaleza.

Deambulaba por estos dédalos del pensamiento, cuando escuché que alguien afirmaba con pertinaz contundencia, que la virginidad era una virtud que con los años se convertía en un estorbo del que se tenía uno que deshacer. Me sorprendió el comentario, porque parecía que era mi propia voz la que hablaba, pero más me sorprendieron las palabras de Carmen, cuando dijo que ella a sus 40 años seguía siendo virgen.

Nos quedamos calladas, no supimos qué contestar. Carmen dirigió hacia nosotras una mirada, no sé si de desprecio, de envidia, de orgullo, aún hoy la recuerdo y no identifico la carga semántica. Lo que sí recuerdo, es que se levantó de la mesa y nos dejó sin decir siquiera adiós.

Hoy por hoy me sigo preguntando para qué sirve la virginidad, por qué algunas personas piensan que la mujer debe “guardarse”, pero sobre todo, por qué las mujeres piensan que deben vivir bajo este estigma, por qué para algunos hombres la virginidad es más atractiva que la experiencia. Al final, creo que lo importante no es obtener respuestas sino vivir plenamente.

Comentarios: liriodesol@gmail.com