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Mujeres en busca de sexo

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

  • Extraña soledad

“Nunca se debe gatear cuando se tiene el impulso de volar.”

Hellen Keller

Por Patricia Arciniega Fuentes
-¡Qué voy a hacer ahora! ¡Estoy completamente sola! – Dijo Isabel entre sollozos, mientras apoyaba los codos en la mesa de fino ébano y escondía entre las manos el rostro desfigurado por el dolor que le provocaba la partida de Raúl.

Laura, su hermana y mejor amiga, la abrazó y trató de calmar su dolor asegurándole que siempre contaría con ella, que no estaba sola, que tenía dos hijos maravillosos que la amaban incondicionalmente. Isabel no escuchaba razones, solamente sentía que la partida de Raúl la había dejado completamente vacía, que después de él no existía nada, que aquel caserón de San Ángel en el que habían vivido juntos durante tantos años ahora se sentiría como un desierto sin fin.

Raúl fue un hombre amoroso durante los primeros años de matrimonio, sin embargo, el éxito y el poder económico que adquirió con el paso del tiempo lo transformaron en un hombre sin escrúpulos que tomaba lo que estaba al alcance de la mano y que olvidó lo que significaba tener una familia.

¿Por qué estoy tan sola? ¿Qué hice mal? Se preguntaba una y otra vez Angélica cuando veía que todas sus amigas llegaban a la reunión tomadas de la mano de sus respectivos maridos. Durante las presentaciones sintió que aquellas mujeres no sólo estiraban sus manos para saludarla, sino sobre todo para mostrarle sus anillos de compromiso, como si aquel pequeño objeto las colocara en un estatus distinto al de ella, como si les diera un plus que a ella le faltaba. De repente se sintió incompleta, no tenía un anillo como todas las demás.

Lo cierto es que Angélica tenía una vida plena, estudió Relaciones Internacionales en el Colegio de México y como producto de su sobresaliente desempeño académico había logrado obtener un puesto diplomático en la Embajada Rusa al poco tiempo de haber finalizado sus estudios. No le faltaban amigos y su familia a pesar de la distancia era muy cercana, sus tres hermanos la cuidaban como si todavía fuera la niña de coletas con moños rosas que se escondía entre los arrayanes cuando alguien la molestaba en la escuela.

Voy a estar sola toda la vida, nadie va a querer, ya no digas casarse conmigo, ¡vivir conmigo!, pero qué mala suerte tengo con los hombres. Fueron las palabras que escuchó Ileana, la madre de Carolina, después de que el novio de su hija hubiera decidido dejarla.

Carolina contaba con apenas 20 años de edad, pero ya sentía que el mundo dejaba de girar sin aquel hombre con el que había salido por un “largo” periodo de dos años. Ella era atractiva, pero sobre todo una inteligente mujer a la que le sobraba simpatía. Se puede decir que su único defecto era haber escuchado con demasiada atención las palabras de su madre cuando le decía que en la vida tenía que encontrar un buen hombre y casarse para darle hijos hermosos y felices.

Así como Isabel, Angélica e Ileana existen cientos de mujeres que piensan que la ausencia de un hombre en su vida es una catástrofe a pesar de que cuentan con todos los recursos intelectuales y económicos para salir. Mujeres que a pesar de estar rodeadas de amor y compañía se sienten solas e incompletas cuando no comparten el día a día con un varón que les dé ese sentido de pertenencia que tanto les hace falta.

Me pregunto cuánto tiempo tendrá que pasar para que las mujeres nos demos cuenta que estamos completas en nosotras mismas, que los hombres son compañeros de vida y no la media naranja que nos han dicho que nos falta.

Si este ancestral sentir un día desapareciera cada una viviríamos plenamente las circunstancias que decida vivir y dejaríamos de esperar que los hombres llenaran nuestras vidas para colmarlas con nuestros sueños, ambiciones y deseos.

Comentarios: liriodesol@gmail.com

(Patricia Arciniega)