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Mujeres en busca de sexo

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

  • El cambio tecnológico y “Garganta profunda”

“Escribo para que el agua envenenada pueda beberse”, Chantal Maillard

 
Las nuevas herramientas, aquéllas que incorporamos de inmediato a nuestro uso cotidiano, en ocasiones se tornan armas sustitutivas de la capacidad expresiva y vivencial, en lugar de volverse natural complemento.

Voy a lo siguiente. En un mundo, en el que no existía la cultura visual, se ponderaba la imaginación a partir de los libros. La capacidad para utilizar el lenguaje, relacionarse a partir de la palabra, leer a través de los ademanes, los movimientos, resultaba fundamental. Voz y escritura, podían crear y recrear universos.

Y no estoy blandiendo la espada contra el presente. Solo indago, hago observaciones y me (les) hago preguntas.

La existencia de la imagen nos ha brindado muchos hallazgos, y en unión con otras disciplinas y tecnología, más posibilidades. Sin embargo, como con todo lo nuevo, vamos al extremo, hasta que comenzamos a percatarnos de que nos dejamos avasallar sin poner medida, ya dejemos esa de ser productivos y localizables todo el tiempo, sino aquella de alentar nuestro egocentrismo y afición porque vean lo felices o infelices que deseamos que nos vean. Mientras tanto, transcurre la vida en nuestro total pasmo.

¿Cuánto le estamos ahorrando a los sistemas mundiales, entretenidos nosotros en sobreexponernos y exhibirnos, y por si fuera poco, no actuar? La socialización de la tecnología para un sector, nos ha puesto a jugar virtualmente a niños y adultos.

Viene a mi memoria la película porno “Garganta profunda”, filmada en 1972, que toma en cuenta, varios de los elementos mencionados. En esta, Linda Susan Boreman (Linda Lovelace) hace el papel de una joven (21 años tenía en la vida real), que no llegaba al orgasmo –como si solo llegar a él significara lograr placer-, y que su doctor, descubre que el clítoris de la joven, “venturosamente” y para toda una comunidad de varones ansiosos de la felación, se encontraba en las profundidades de su garganta. ¿Será por eso que el porno, dicen, es para hombres? Existe ahora, uno para mujeres.

Acaba de celebrarse el día del porno, por si no sabían que existía (un lector me lo dijo). Y la película que más ha recaudado en la historia de este cine, es precisamente, “Garganta profunda”.

Producida con un presupuesto muy pequeño, 47 mil dólares, recaudó unos 600 millones de dólares. Fue tal el interés por la cinta transmitida para un público reducido, que acabó exhibiéndose en los cines comerciales; a pesar del rechazo y búsqueda sistemática por impedirlo, de parte del Gobierno estadunidense.

Medios (algunos) y famosos como Jack Nicholson, Gregory Peck y Warren Beatty, veían un ataque contra la libertad de expresión y se inició una campaña en la que incluso colaboró Linda Lovelace. La sola prohibición generó más público, un fenómeno. Pero la verdad es que el sustrato era otro, la posibilidad en el imaginario, de lograr el sexo oral con las recetas de la actriz. Son siempre las cuestiones básicas, aquéllas que nos llevan a desbordarnos. Así ocurrió con
esta cinta.

La protagonista, en cambio, tuvo una vida difícil. “¡Yo soy Garrik… Cambiadme la receta”, nos recuerda Juan de Dios Peza. Ella no quería hacer cine porno, sino triunfar en el cine comercial. De hecho, esa actuación no le trajo recursos a ella, su marido cobró poco más de mil dólares por su trabajo. La vida de vejaciones, violaciones y abusos que vivió con él, y su biografía, en primera persona, sería contado en su libro Ordalia, tiempo aquél, en que por fin recibió reconocimiento, distinto al que tenía por haber sido actriz de esa película que tanto daño sentía le había hecho. Nuevamente la escritura y no la imagen, centró un tema de la mayor importancia, la de la existencia humana digna.

Dice Salma Hayek que “el único tipo de película en el que las mujeres ganan más dinero que los hombres es en el porno. No es gracioso”, y a Linda, ni siquiera le dio los mínimos. Quitarse etiquetas, tampoco. No obstante haber trabajado mucho más.

Cuando murió, en 2002, por cáncer de mama, los titulares de los medios de comunicación dijeron: “Se marcha la leyenda que fue el centro de la revolución sexual estadunidense y del desencanto político de la época ‘Watergate’”.

Había un libro sobre “Garganta profunda”, y con él no había pasado nada. Fue en este caso la imagen y difusión, la que encasilló y determinó probablemente a la protagonista.

No propongo que dejemos la emoción de la imagen, sino que la vivamos, que no sea pasiva. Y que seamos conscientes de nuestros alcances con la tecnología. Apropiémonos de ella, sin que sustituya nuestra expresión, nuestra voz, nuestra palabra escrita. No nuestro pensamiento, no nuestra acción y vida.
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