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Murió Ignacio Padilla, raro cervantista

  • Juan Antonio García Villa

En lamentable accidente carretero, el pasado 20 de agosto perdió la vida el destacado escritor Ignacio Padilla (Cd. de México, 1968). Aunque a su manera, fue un reconocido cervantista. Su sólida formación académica en las universidades de Edimburgo y Salamanca, le permitió tener gran conocimiento tanto de la obra de Shakespeare como de la de Cervantes.

Conocía tan bien la obra del célebre escritor español, que entre 2005 y 2016 publicó una trilogía cervantina. El último volumen de ésta vio la luz apenas el pasado mes de marzo, con el título de Cervantes & compañía. Incluye cinco ensayos. En el más extenso, denominado Versos de Shakespeare y desdichas de Cervantes, Padilla compara la obra de ambos escritores. En la comparación parece estar empeñado en empañar la del español y enaltecer a como de lugar la del inglés.

Pues bien, aunque Padilla dice contarse entre “los admiradores de Cervantes” (pág. 50), en ese librito, de manera innecesaria y sin venir al caso, aplica a Cervantes los peores calificativos. Así, señala de él “su escandalosa impericia para la vida” (pág. 21), lo tacha de “hombre derrotado, emponzoñado” (pág. 22) y lo llama “amilanado” (pág. 44).

Tan consciente estaba Padilla de lo anterior, que en un pasaje confiesa lo siguiente: “Acepto –dice-, que he escrito duramente contra el Hombre de la Mancha, contra la imagen romántica que tenemos de don Quijote e inclusive contra la idea de un Cervantes impoluto, dechado de virtudes, incontrovertible santo del erasmismo” (pág. 108).

Sin embargo, Padilla no deja ahí las cosas. De manera verdaderamente inaudita incurre en el exceso de “llevar a Cervantes, su pensamiento y su obra al banquillo de los acusados” (págs. 109-118), para lo cual nombra a tres fiscales, quienes le fincan otras tantas acusaciones. Pero casualmente se olvida Padilla de asignarle defensores.

El primer fiscal acusa a Cervantes de haber sido “un ludópata confeso, un valentón impenitente y asiduo parroquiano de tabernas de mala nota” y otras lindezas por el estilo. Un buen defensor para el caso pudo haber sido don Luis Astrana Marín, autor de los siete enormes tomos de la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, publicados entre 1948 y 1958.

El segundo fiscal, ¡qué ridículo!, acusa a Cervantes de haber carecido de claridad de pensamiento y sido en el terreno de las ideas un simulador. Frente a esta acusación, un excelente abogado pudo haber sido Américo Castro, autor del monumental libro El pensamiento de Cervantes.

El tercer fiscal acusa a Cervantes de haber incurrido en “incontables errores sintácticos, estilísticos y estructurales” que se encuentran a lo largo de su obra. Aquí pudo haber tenido Cervantes varios defensores. Pero con uno solo habría sido suficiente: Ángel Rosenblat, erudito autor de La Lengua del Quijote, que casi estoy seguro, Padilla no conoció.

¿Qué impulsó esta actitud tan agresiva de Ignacio Padilla hacia su admirado Miguel de Cervantes, cuya obra sin duda, conoció muy bien? Salvo que algún amigo o discípulo suyo lo sepa con certeza, es probable que estemos ante un secreto que se llevó a la tumba. Descanse en paz.