imagotipo

Mutilación genital femenina: derechos humanos y salud / Rosamaría Villarello Reza

  • Rosamaría Villarello

Esta práctica ha trascendido las fronteras de los 29 países en los que ha sido costumbre realizar la ablación femenina. Y tiene que recobrar mayor importancia ya que, en lugar de disminuir el número de mujeres que son víctimas de esta condenable “tradición” en África y Oriente, se ha extendido exponencialmente a otros continentes, en la medida que las personas que en sus lugares de origen la llevan a cabo, lo han seguido haciendo a lo largo de los años en Europa, Norte América, e incluso a Nueva Zelanda y Australia.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, reconoció, con motivo del Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina, que por primera vez se conmemoró el seis de febrero, que en la actualidad hay más de 200 mujeres vivas con algún tipo de mutilación femenina; y que 83 millones de niñas habrán pasado por esta terrible experiencia para el año 2030.

Es incalificable que sea la primera vez que a nivel global se tome en cuenta un asunto de esta naturaleza, cuando abiertamente se ha hablado de ello desde mediados del siglo pasado, aunque principalmente en revistas científicas.

Y la razón de ello no es justificable, pero se encuentra la explicación en las mismas palabras de Ban Ki-Moon, al alertar que también en América Latina ya se han localizado casos de niñas y jóvenes a las que se les ha practicado esta mutilación. No deja de sorprender que se mencione en el Informe General a Uruguay, nación que se ha caracterizado por su civilidad democrática y respeto a los derechos humanos, que es donde se han focalizado ya algunos casos.

Lo anterior da pie a pensar que a esta región ya ha traspasado semejante aberración, porque además del “sufrimiento inconmensurable” de las mujeres martirizadas, porque eso son, está su salud en todos los sentidos: física, mental y emocional, pues las formas de semejante “operación” se lleva a cabo en las peores condiciones de higiene y las más de las veces con efectos permanentes de infecciones y en su salud reproductiva, además de negarles el placer sexual al que todo ser humano tiene derecho.

En países del primer mundo, también se están llevando a cabo estas cirugías en hospitales, con supuestos métodos más asépticos, a los que son los propios padres, parejas o algún otro familiar que cuenta con dinero para someter a sus mujeres.

En México, he tenido la oportunidad de encontrar algunos antecedentes de estas prácticas en publicaciones de los años 60 y 70, pero siempre refiriéndose a otros lugares y ocasionalmente se ha vuelto a nombrarlo. Con la cercanía, encontramos bastantes casos en Estados Unidos y Canadá y ahora hasta en varias partes de Latinoamérica, donde debería de comenzar a darse una alerta y estar vigilantes a que ello no ocurra a México. Sería el colmo, además del feminicidio, que, consentido por las propias familias, lleguen este tipo de hechos malignos.

Hoy que está tan de moda pedirle todo al papa Francisco, habría que hacerle un exhorto a que él también condene estos dolorosos actos.