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Negociar con el imperio (1)

  • Eduardo Andrade

  • Dr. Eduardo Andrade Sánchez

Deseo compartir con mis lectores un resultado indirecto de la investigación que realicé con motivo de la elaboración de una obra mía sobre los constituyentes veracruzanos en el Congreso de 1917 que publicará el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México magníficamente dirigido por Patricia Galeana.

El asunto tiene que ver con la época en que estuvo ocupado el puerto de Veracruz por tropas estadunidenses en 1914 y el conflicto generado por la incursión de Villa sobre Columbus en 1916, y viene a cuento por la tensión surgida en nuestras relaciones con Estados Unidos. Para enfrentarlas conviene tener presente las lecciones de la historia y de la geopolítica que se caracterizan por mostrar ciertas constantes orientadoras para la toma de decisiones. La primera de ellas, que no ha cambiado en dos siglos y no se modificará por lo menos en otro más, el carácter imperial del poder del que disponen nuestros vecinos. No es este un juicio de valor o despectivo sino la mera descripción de un hecho: Estados Unidos ejercen una dominación económica, cultural y militar sobre una gran extensión del planeta y, como todo poder hegemónico, tiende a expandirse o por lo menos a mantenerse. Se trata de un pueblo y un Gobierno admirables por muchos conceptos, que defienden sus valores y protegen sus intereses con determinación y eficacia. A ellos no hay que pedirles ayuda ni consideraciones especiales porque, justificadamente pondrán por delante con gran sentido pragmático lo que más les convenga y, desde su perspectiva, hacen muy bien. Es lo que todo Estado soberano debe hacer.

De esta premisa básica debe partir la conducta que asuma nuestro país frente al bien llamado “Coloso del Norte”; la cual tiene como corolario entender que no son naturalmente nuestros “amigos” ni nuestros “socios”, son nuestros poderosos vecinos con los cuales tampoco debemos enemistarnos ni renunciar a establecer relaciones sociales y económicas de las que podamos obtener las mayores ventajas posibles pero sin asumir como útil la dependencia de lo que ellos hagan o dejen de hacer. La diplomacia mexicana debe abandonar por completo la ilusión de que podemos integrarnos con el resto de Norteamérica al grado de constituir una sola unidad económica o supranacional. Eso no está ni estará en el interés de nuestros vecinos.

También es necesario introducir en el manejo de la relación una diferencia aparentemente sutil, pero esencial. La tarea  del Gobierno no consiste es buscar la protección “de los mexicanos”, la cual pone el énfasis en lo individual, sino en “defender a México”, preservar su unidad y viabilidad como una Nación que aspira al respeto de su integridad, identidad y soberanía, noción —esta última— que no debe abandonarse, pues sin ella se pierde toda referencia a la capacidad de ser dueños de nuestro propio destino, la cual hay que mantener a toda costa.

El inexorable vínculo geográfico con Estados Unidos implica una permanente situación crítica en el sentido de que supone oportunidades pero también conlleva riesgos. La clave se encuentra en negociar con firmeza, prudencia, astucia y dignidad. El menor titubeo en estos principios lo interpretarán como debilidad o sumisión resignada. Esto lo entendieron muy bien dos de nuestras mayores figuras históricas: Juárez ante los franceses y Carranza frente a los estadunidenses. Al modo como negoció este último, con el auxilio de Cándido Aguilar, me referiré la próxima semana.

eduardoandrade1948@gmail.com