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Neobarbarie: eterno retorno fatal a nuestros orígenes / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Lo sabemos perfectamente. Desde mucho antes de los trágicos atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y del pasado 13 de noviembre en París, el mundo entero ha venido manifestando profundos síntomas de descomposición, no solo desde el ámbito económico, ante todo en su esencia social por todo el globo terráqueo. Múltiples teóricos lo habían ya anticipado, en especial Immanuel Wallerstein desde principios de los años 70, al hablarnos de la inminente crisis estructural que se advertía estaba padeciendo el denominado por él “sistema-mundo capitalista”. Crisis en la que actualmente es posible constatar, como previó, el enfrentamiento de dos visiones: la que representa los estertores de este sistema en extinción, salvajemente explotador y despiadadamente elitista, y la que tal vez pueda emerger ofreciendo la alternativa de un nuevo modelo por nacer.

Sin embargo, lo lamentable es que mientras esta crisis es resuelta, el mundo se muestra cada vez más confundido y alejado de los valores que un día le dieron sentido y razón. Así lo atestiguan los fatídicos ataques terroristas de Francia que han sacudido no solo la conciencia de un pueblo, sino la de la mayor parte de la humanidad, desde el momento en que en el pleno corazón de la nación que enarboló paradigmáticamente la defensa y salvaguarda de los derechos del hombre y del ciudadano y, en particular, de la vida y la libertad, su tan aspirada universalidad ha terminado siendo letra muerta en manos de la neobarbarie. Y es allí donde vuelve a quedar sobre la palestra de la discusión la vigencia del concepto de universalidad de los derechos humanos, y de la existencia de una verdadera comunidad internacional. Sí, porque grandes son las contradicciones, pero más las diferencias intraculturales que, lejos de borrarse, día a día se ahondan. En Francia, por ejemplo, el fenómeno se observa con absoluta nitidez, cuando en el saldo final de las víctimas el resultado arroja que fueron abatidos también por los grupos terroristas del Estado Islámico, miembros pertenecientes a las comunidades musulmanas gálicas. Y difícilmente podría ser de otra forma, no solo porque las culturas de Occidente y Oriente son, cada una en sí, universos culturales caleidoscópicos, ante todo, porque lo queramos o no, la historia es cíclica y se repite, pero es también ondulatoria, porque a toda fase de avance sucede una de declive que preparará un nuevo repunte social.

Actualmente estamos en una fase coyuntural de retroceso. ¿Nos encontraremos al final de dicho proceso? ¡No! Hasta hace poco lo creíamos porque la debacle económica parecía haber tocado fondo. Hoy sabemos que nos falta mucho aún, porque además en el panorama social la regresión moral es inédita. ¡Cuántas muertes, cuánta devastación cometieron las hordas de un Gengis Khan o de un Atila, se podrá decir! ¡Sí! ¡Pero eran otros tiempos, otras condiciones y otra, muy diferente, la intercomunicación! En la actualidad todo ocurre a una velocidad cada vez más rápida y las atrocidades con mayor saña. No solo por lo que los yihadistas o grupos como los de Boko Haram cometan: en América Latina también hemos vivido hechos sanguinarios de temible crueldad, qué decir de nuestra sociedad mexicana, desde largos lustros amagada por la delincuencia en todas sus manifestaciones.

Lo inédito es que nunca antes estos niveles de violencia se habían extendido y generalizado por el orbe como hoy lo hacen. La rivalidad entre cristianos y moros no es nueva, es milenaria -allí están las Cruzadas que duraron centurias-, pero ahora presenta características particulares. El encono de ciertos grupos islámicos contra Occidente y los cristianos revive catastróficos niveles de animadversión que creímos superados, y es que Occidente creyó que todo estaba dicho, entendido y resuelto y que había logrado que los derechos humanos pudieran ser universales. Ahora se da cuenta que ese todo está por hacerse porque el género humano nace y renace permanentemente, que ningún avance es definitivo y el eterno retorno a nuestros orígenes barbáricos, signo fatal de nuestra naturaleza autodestructiva. Por eso mismo el triunfo del liberalismo fue neutralizado, paradójicamente, por el neoliberalismo y hoy la neobarbarie ha instaurado el imperio del antiliberalismo, que perdurará hasta que la mayor parte de la humanidad lo permita.
bettyzanolli@hotmail.com

@BettyZanolli