imagotipo

Ni corrupción ni impunidad

  • Alejandro Díaz

Las fotografías del exgobernador Javier Duarte de Ochoa durante su juicio en  Guatemala en vez de mostrar a una persona arrepentida de sus acciones, nos dejan ver lo contrario. Como queriendo presumir una nueva imagen, renovada durante su prisión preventiva en Guatemala, en vez de mostrarse abatido muestra nuevos bríos. Pareciera que de antemano supiera que podrá superar el proceso que le espera en México gracias a sus contactos políticos o de plano prefiere jugar al cinismo.

Es evidente que cuenta con astutos asesores legales que sugirieron las acciones a tomar tan pronto fuera detenido: allanarse a la detención, negar los cargos por más evidentes que parecieran y oponerse a ser extraditado hasta conocer los cargos que le imputan. Tal procedimiento no solo retrasó su extradición para ser juzgado en México, también limitó los cargos por los que podrá serlo (los tratados de extradición permiten juzgar solo por los delitos enunciados en la petición original). Sabiendo que no podrá ser acusado por otros latrocinios que se le encuentren más tarde, sus abogados están confiados en ser más hábiles que los de la Fiscalía.

Al mismo tiempo, el mismo Javier Duarte busca trasmitir la imagen de tranquilidad de quien nada teme. Como si no hubiera huido ni hubiera estado escondido de las autoridades judiciales utilizando identidades falsas para mantenerse “a salto de mata”. Ya se le olvidó que al huir mostró su culpabilidad y al mantenerse oculto reforzó lo que el público opina de él.

Dentro de la administración pública nadie en su sano juicio defenderá abiertamente al exgobernador. La extensa difusión de los abusos que cometió al desviar recursos del erario, acumulando millonarias cantidades dentro y fuera del país, lo han señalado y exhibido. Su propio partido, muchos familiares e inclusive amigos a los que favoreció, mantienen una prudente distancia para que su corrupción los afecte al mínimo.

Muchas de las ingentes cantidades de recursos públicos que traspasó a sus cuentas y a las de sus familiares ya han sido identificadas y en lo posible reintegradas. Pero la autoridad aún está en proceso para identificar otros desfalcos, así como sus cuentas de destino; solo el proceso de extradición marcará el límite para integrar el debido proceso.

El exgobernador Duarte está apostando a la tradicional ineficiencia del Ministerio Público para la integración del expediente acusatorio. Cree que lo sucedido en los casos de Rubén Moreira y Tomás Yarrington se repetirá con él, superándolos incluso porque no pisará la cárcel por mucho tiempo. Por eso se muestra tan sonriente.

Pero tanto el gobierno de Veracruz como el federal están obligados no solo a integrar rápida y correctamente el expediente sino a cuidar hasta el más mínimo detalle para que Duarte sea presentado a la justicia, se dicte la sentencia que corresponda y ésta se cumpla.

Deberá ser un eficiente ejemplo de sanción a la corrupción: después de un juicio transparente que termine con el cinismo del indiciado, deberá mostrarlo como lo que es: un criminal cuyo comportamiento no debe repetirse en el futuro. Es la mejor oportunidad que tienen los gobiernos para mostrar de una vez por todas que ni la corrupción, ni su hermana gemela la impunidad, seguirán teniendo cabida en el México moderno.

daaiadpd@hotmail.com