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Ni los veo… ni los oigo | Cultura a la mexicana | Napoleón Fillat

  • Napoleón Fillat

Es la voz cavernosa que algunos aseguran escuchar regularmente desde la delegación Gustavo A. Madero, al norte de la Ciudad México, cada vez que de la atención a la ciudadanía se trata. Sobre todo cuando sufren los muchos problemas que distintas administraciones han sido incapaces de solucionar, o más bien, que con su actitud los han agravado, pues a fuerza de su cotidiano desinterés, ya se están haciendo viejos, con el riesgo de ser considerados como de lo más natural en nuestro día a día.

Tal es el caso que representan los campamentos de indigentes localizados en el amplio camellón de la avenida Insurgentes norte, entre sus perpendiculares Robles Domínguez y Ticomán, pues para quienes en forma esporádica o con frecuencia llegamos a transitar en nuestro automóvil por ese rumbo de la ciudad, especialmente por su lateral, al llegar al alto es normal que seamos abordados por jovencitos de ambos sexos que buscan de los conductores una ayuda económica a cambio de ensuciarles el parabrisas o de venderles algo que no necesitan.

Cuando en esas estamos, es difícil no darte cuenta de la comunidad de niños y adolescentes en situación de calle, asentados en medio del camellón, principalmente por las casuchas más que improvisadas, e incluso la ropa tendida que tienes a la vista desde tu vehículo o desde el convoy del Metro mismo.

Dejando de lado lo que afecte a la estética urbana, la sola existencia de los asentamientos en una de las vialidades más importantes de la ciudad refleja en grado sumo el descuido y la indolencia de las autoridades inmediatamente encargadas de la administración de esa zona metropolitana.

Es cierto que como país tenemos un grave problema con la pobreza, entendiendo como tal a la situación que observan las personas cuando su bajo nivel de ingresos les impide satisfacer alguna de las necesidades básicas para todo ser humano (acceso a la educación, a los servicios de salud, a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación) y si carece de todas ellas, entonces estamos hablando de la indigencia. Misma que sufren las muchachitas y muchachitos que nos ocupan en esta ocasión y que desde luego entran en el concepto de “niños de la calle”, privados de mínima atención familiar y protección de un adulto.

Como te dije, este es un problema que ha trascendido a varias administraciones delegacionales sin haber sido tocado y que obviamente va creciendo sin atención alguna (cuando menos visible), pues la prisión, prostitución, esclavitud, violencia y muerte son los destinos más habituales para los “niños de la calle” en cualquier parte del mundo, y nuestro caso no es la excepción.

Estoy consciente que los asentamientos ubicados en el camellón de Insurgentes norte no son un caso único en nuestro país ni siquiera en la Ciudad de México, y tal vez lo que para estos efectos cambia, es que precisamente en ese lugar, con frecuencia, yo alcanzo a percibir que tal realidad está más que extendida por todo el país. Aquella que tiene por sustento el que en nuestro México, según el Coneval, durante 2014, la pobreza alcanzó el 46.2 por ciento de la población total y que en ese porcentaje se encuentra la totalidad de los indigentes y de los “niños de la calle”, quienes involuntariamente se convierten en un objetivo fácil para justificar la espiral de la violencia. Justificada o no, lo que origina es la progresiva desintegración social y que por tanto es razón suficiente para acaparar toda nuestra atención, pues sin duda representa una amenaza seria a nuestro futuro inmediato, ya que no deja de crecer en forma constante, pues además de la inmigración de nuevos habitantes arrojados a la pobreza, los menores se reproducen como “conejos” por la falta total de control sexual, por decirlo así.

Lastimosamente parece que estos olvidados de la mano de Dios son invisibles y mudos a los ojos de la autoridad (en este caso, delegacional), a la que de ninguna manera le resulta atractivo invertir en una problemática cuya solución no representa un beneficio personal, como lo son las carencias de los más débiles de la pirámide social. Pues a pesar de que en una sociedad civilizada, según el sabio George Bernard Shaw:

“El mayor pecado contra nuestros semejantes no es odiarlos, pero el demostrar indiferencia hacia ellos; esto es la esencia de la inhumanidad”.

napoleonef@hotmail.com

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