imagotipo

Ni mal que dure 100 años… ¡ni electores que lo aguantemos!

  • María Antonieta Collins

Desde Panamá
Veo el calendario como un niño antes de que lleguen los Reyes Magos o Santa Claus… Cuento uno a uno los días, -afortunadamente ahora no más de tres- y las horas no más de 72 o quizá un poquitito más. Me veo haciendo este procedimiento diariamente y de pronto, al ver la proximidad de la fecha: 8 de noviembre de 2016, me siento casi desfallecer…

¡Virgen Santa! Ahora sí que tenemos encima el ansiado día “D”, el decisivo, donde no habrá mas.

Pero no alcanzo a entender bien por qué me siento tan intranquila y comienzo a analizarme.

Quizá la razón de mi ansiedad se debiera esta semana a la Serie Mundial que nos tenía a todos con “calor y con frio”.

Pero la Serie Mundial terminó con mis Cachorros de Chicago como campeones y resulta que cuando imaginé que al día siguiente me sentiría mejor, las cosas no cambiaron, sino que al contrario, estaban igual o peor que semanas anteriores.

“Es el síndrome de las elecciones presidenciales” me descubre el periodista Jorge Ramos, mientras lo entrevistaba para mi programa radial.“¿No te das cuenta -explica Ramos- que todos estamos con ansiedad, con angustia, con incertidumbre por lo que pase el próximo 8 de noviembre y todos queremos saber más y más de lo que pasa, y enterarnos al mismo tiempo nos produce más malestar?”

Jorge tiene toda la razón, y es que no somos los únicos que estamos sufriendo este síndrome. Esto lo estamos viviendo de una u otra forma todos los 27 millones de hispanos habilitados para votar el próximo martes.

Estamos pendientes de los teléfonos por donde nos llegan las últimas informaciones de los dos candidatos. Y resulta que dejamos de hacer lo que sea para enterarnos lo que dicen las encuestas.

¡Ay de uno si la encuesta tal dice algo en contra de nuestro favorito! O, qué tal si la encuesta fulana afirma que el que gana es el candidato que ofende y no quiere a los hispanos. Entonces nos entra un trance de locura y comenzamos desesperados a buscar en todos los sitios web de noticias, las informaciones que nos digan algo más que nos de calma, pero resulta que no las encontramos. Ahora somos expertos en estadística y entendemos el llamado “margen de error” y damos catedra a quien nos escuche. Nos pasa algo más: nos hemos vuelto tan religiosos, sin importar la creencia, que la palabra en boca de todos cuando se habla de los peligros de Donald Trump como presidente es una: ¡Dios mío!

Y ni qué decir de los pleitos en las colas del supermercado. Si es en la zona del Delicatesen donde hay más tiempo para conversar, ni qué decir de lo que se arma ahí cada vez que un votante pro-Trump o pro-Hillary empiezan a disimular el hastío de estar esperando que les despachen jamón o queso y comienzan a hablar de estos a diestra y siniestra. Las cosas van bien con los que están a su favor… pero terribles cuando se encuentra algunas mujeres que están a punto de agarrarse a golpes.

Me analizo entonces sobre los estragos que me provoca este “síndrome electoral”.

Si estoy sola en casa viendo la televisión, las cosas se complican por la paranoia que producen los anuncios políticos pagados de los candidatos, uno más fuerte que otro y siempre con graves insultos, como es el caso que sufre Hillary Clinton a manos de su contrincante, quien no tiene “empacho” en gritarle cualquier sandez en público. Entonces da “harta muina” y una no sabe cómo digerirla.

En fin, que luego de llamar a amigas y comadres y verificar que están tan ansiosas, angustiadas y preocupadas como yo, ya no me siento tan mal… no estoy sola, ahora estoy acompañada.

Así que hago lo único que me calma: corriendo busco entre mis cosas mi credencial de elector para tenerla ya lista para el próximo martes, ya que planeo a las siete de la mañana estar haciendo la fila que me permita decirle a estos políticos que nos han martirizado, que mi voto es la voz que no les permitirá hacer lo que les venga en gana… y el remedio ha surtido efecto… me siento mejor, esperando el próximo martes.