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No habrá milagros / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

La situación que prevalece en México y de la que en cierta manera son responsables varios actores, oficiales y no, hace que la mayoría del pueblo ponga toda su esperanza en la visita que a partir de mañana hará el papa Francisco a México, quien no se reunirá con víctimas de abusos sexuales ni con familiares de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Sensata resolución, a mi juicio, para evitar posibles filtraciones políticas que por desgracia lindan a menudo con la frontera de la violencia. Pero es explicable que el pueblo mexicano, en su mayoría católico, ponga su esperanza en lo que diga o haga tan ilustre personaje. Esto en cuanto al sujeto pasivo de la visita que es, repito, el pueblo. Pero Francisco, que es el sujeto activo de aquella, ha dado muestras de prudencia y de elevado sentido político, al que no es ajena la Iglesia a partir de Juan XXIII que propició su apertura hacia nuevos horizontes. En efecto, la misión de un Papa como Francisco no es la de resolver problemas sino la de plantear soluciones basadas en los valores que él representa. Tampoco lo es la de liderar controversias o inconformidades. Mucho se dice que está cambiando la Iglesia en las formas pero no en el fondo. Yo le opongo a este juicio, que me parece poco pensado, la tesis de un laico liberal como fue Jesús Reyes Heroles: “en política, la forma es fondo”. El mensaje del Papa es en muchas ocasiones de forma, solo de forma. He allí la liturgia, que es una expresión estética cuando se la maneja bien. Pero los gestos, la expresión, la mirada, son en sí elocuentes si llevan un propósito, un objetivo determinado. No hay que esperar del Papa, seguramente aprovechando un viaje llamado pastoral, que tome partido, de parte, de particularidad, inclinando el fiel de la balanza hacia un lado. Estoy convencido de que él generalizará de acuerdo con sus ideas e ideales.

Ahora bien, si ubicamos a Francisco en su contexto terreno, meramente terreno y sin alusión a lo trascendente o divino, es decir, en el contexto del hombre creado que ocupa un puesto en el cosmos como dijera Max Scheler, siendo parte (entidad) imprescindible del mismo, es el Papa un agente social de excepción (el nombre les gusta a muchos periodistas laicos). No es un líder pero es un guía, un orientador. Y muy pocos políticos o líderes sociales señalan un camino claro a seguir, despejado. Hoy en día se habla de intereses, de compromisos, de alianzas, de peligros, de amenazas. Y pocos, muy pocos, insisto, convocan a la meditación, y para decirlo de plano, a la meditación espiritual del hombre. Lo evidente es que nos ahogan los intereses marcados poderosamente por el sello de la praxis. Se podrá creer o no en la Iglesia que representa Francisco, institución humana, parafraseando a Terencio, a la que en su devenir histórico nada le ha sido ajeno, ni lo bueno ni lo malo. Pero él es uno entre tantos en la Iglesia y su mensaje tiene ineludiblemente el toque de lo personal. Hasta el día de hoy ha promovido cambios importantes en su Iglesia (ecclesĭa), en su asamblea, aunque desde la curia romana esos cambios deben ir permeando a la asamblea de católicos para que sean más participativos en la dinámica del mundo actual. En otros términos, para que liberalicen muchas de sus costumbres ancestrales cargadas de conservadurismo. ¿Será posible? Pero aparte de tendencias políticas y de corrientes ideológicas el mensaje espiritual de Francisco supera disidencias y acorta distancias. Yo oigo y leo sus palabras como una clara invitación al compromiso de descifrarnos a nosotros mismos, de entender -o tratar de entender- quiénes somos y cómo somos. Adentrarse en uno, en el ser humano, en el hombre, en su destino inmediato y mediato, pareciera ser su lema, en un mundo en el que nos hemos hundido en una globalización peligrosa e incluso contradictoria.
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