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No robarás libros / De Justicia y Otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

“Hay excomunión reservada a su Santidad contra cualesquiera personas que quitaren, distrajeren, o de otro cualquier modo enajenaren algún libro, pergamino o papel de esta biblioteca, sin que puedan ser absueltos hasta que esta esté perfectamente reintegrada”. Así reza la célebre Cédula de Excomunión expuesta en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca (la más antigua del mundo hispánico, 1218). Castigo un poco drástico, pensará usted. ¿El infierno por robar un libro? No era para menos. Tome en cuenta que durante la Edad Media era un privilegio casi exclusivo de la Iglesia, y por ello eran numerosos los hurtos. Se trataba de objetos muy valiosos. Al no existir imprentas, las copias se hacían a mano. Algunos ejemplares, por su extensión o por la dificultad de sus ilustraciones, tardaban muchos meses en elaborarse, gracias a la milagrosa paciencia de los amanuenses.

La invención de la imprenta democratizó el libro, pero no por ello desaparecieron los robos. Más allá de su valor como mercancía, el libro es un instrumento poderoso que ha acompañado al hombre en su proceso de civilización. Es, dice Borges, una extensión de la memoria y la imaginación. Y no ha faltado imaginación a quienes se apoderan de libros ajenos ya sea por necesidad, ambición e incluso como manifestación ideológica. A principios de los años setenta, el escritor y activista norteamericano Abbie Hoffman publicó un curioso panfleto titulado “Steal this book” (Róbate este libro), un tratado del hipismo más radical en donde se enseñaba a “expropiar” bienes a la burguesía, cultivar marihuana, divulgar propaganda subversiva y todas aquellas actividades ilegales destinadas a escupir al Sistema.

Hace no mucho, en una página de internet que no vale la pena mencionar aquí, me encontré un artículo cuyo autor se jacta de dedicarse con éxito al robo de libros. Con argumentos ingenuos y admirable cinismo, asegura que está bien robarlos porque son muy caros, y que es mejor robar el conocimiento que comprarlo. No me voy a poner aquí a desmontar esa épica a lo “Chucho el Roto”. Nadie tiene derecho a apoderarse de los bienes ajenos, por mucho que los apetezca. Pero sí me llamó la atención la evidente confusión que se desprende de sus dichos: pensar que el libro, considerado como objeto y el conocimiento son la misma cosa.

La cosa de papel a la que llamamos libro tiene un valor comercial. El papel y la tinta tuvieron un costo, así como el taller en donde se imprimió. En su elaboración intervinieron varias personas que cobraron (o merecían cobrar) una ganancia; comenzando por el autor o sus herederos, el editor, el diseñador, el corrector, etc. La cadena culmina en el librero. La existencia de libros de papel se hace posible gracias a que hay lectores dispuestos a pagar su precio.

El conocimiento es otra cosa. Es un derecho humano. Es un patrimonio que, usado para el bien común, dignifica al individuo y permite la evolución de las sociedades. Clarifica y vuelve accesibles los grandes valores de la Humanidad, como la libertad, la equidad y la justicia. Por eso hay educación gratuita y bibliotecas públicas. Por eso mismo es un contrasentido robar un libro. Porque es un acto profundamente injusto y violento, aunque no se use la fuerza.

Imagine usted a un destacado filósofo o jurista cuya formación profesional fue a base del robo de libros o de la compra de copias no autorizadas. ¿Su conocimiento es “pirata”? No lo sé, pero seguramente será alguien con un severo conflicto interior.

En la nueva revolución de las comunicaciones -internet-, la propiedad intelectual se ejercerá de maneras diferentes, con otros soportes, y expoliar esa propiedad tendrá otro cariz, anécdotas distintas. Pero para quienes nos educamos con libros de papel, no podemos menos que simpatizar con la sentencia Salamantina.