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No se mata la verdad matando periodistas

  • Francisco Fonseca

  • Francisco Fonseca N.

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, a no ser molestado por esta causa, a investigar y recibir informaciones y opiniones, y a difundirlas sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Pese a este enunciado han perdido la vida miles de periodistas en el mundo. Empezamos a prestar especial atención a estos hechos con el acto terrorista ocurrido en París en enero de 2015 contra el semanario Charlie Hebdo, publicación de corte humorístico y divertido, aunque crítico.

Pero en México estamos viendo, cada vez con mayor frecuencia, el asesinato, la desaparición o las amenazas contra los compañeros periodistas. Este mes de mayo fueron asesinados Javier Valdés en Sinaloa y Filiberto Álvarez en Morelos; en marzo anterior Cecilio Pinedo en Guerrero, Miroslava Breach en Chihuahua y Ricardo Monlui en Veracruz. En abril Maximino Rodríguez en Baja California Sur.

La Fiscalía especializada en estos delitos manifiesta que del año 2000 a la fecha han habido 114 asesinatos de periodistas, y lo peor es que un poco menos de la mitad están bajo investigación. Horroroso.

El ser humano es libre, en cualquier parte, bajo cualquier régimen, en cualquier latitud para expresar sus ideas, nadie tiene derecho a coartarlas. Hoy y siempre, una pluma seguirá siendo el arma más poderosa del planeta. Todos quienes estamos dedicados a esta difícil y delicada profesión sabemos que en varios países se denomina como “maldito oficio” al trabajo de los periodistas que se juegan la vida día a día. No se mata la verdad matando periodistas.

Entiendo que en estos tiempos es peligroso escribir acerca de la delincuencia organizada o desorganizada, hasta en plan humorista. Quienes mejor lo hacen exponen su integridad física, los mejores se juegan la vida. Y por eso ya hemos visto que es uno de los oficios más serios del mundo. Cuando se asesina a un periodista o a un humorista, no es para que deje de escribir o de contar sus ocurrencias, sino para quienes quedamos vivos dejemos de hacerlo. ¿Qué quiere decir esto? Que la delincuencia y el terrorismo odian la verdad y la risa. No pueden con ella, porque el ruido de una bomba puede menos que el estallido de una carcajada o de una exclamación.

De tanto repetirse, una y otra vez, este tipo de noticias saben ya a literatura sin letras, a imágenes sin contenido, a estilos uniformados y estériles. Como dirían los buenos médicos de antaño: el caso es grave, serio, de pronóstico reservado. Poco a poco, la vida se va destiñendo y parece que se atrofia la capacidad del género humano de buscar una salida a posibilidades que no impliquen el desastre, el apego a un destino trágico, fatalmente predispuesto.
pacofonn@yahoo.com.mx