imagotipo

No son uno ni dos, son todos

  • Benjamín González Roaro

En la coyuntura de la detención de Tomás Yarrington y Javier Duarte, tanto el Gobierno de Enrique Peña Nieto como su partido no han escatimado ni recursos ni esfuerzos para desmarcarse de la extendida corrupción que caracteriza a la clase política priísta.

Desde luego, la condena mayor está focalizada en Javier Duarte. La impunidad con la que él y sus cómplices se beneficiaron de los recursos públicos, su nivel de exceso, derroche y abuso, le brindó al priísmo una oportunidad para intentar diferenciarse de su excompañero de partido.

Todavía quedan otros exgobernadores del PRI sobre quienes presuntamente pesan delitos relacionados con hechos de corrupción, manejos irregulares de sus finanzas, enriquecimiento ilícito, lavado de dinero o vínculos con el crimen organizado, entre otros, durante sus administraciones: César Duarte, de Chihuahua; Roberto Borge, de Quintana Roo; Rodrigo Medina, de Nuevo León; Jorge Torres, gobernador interino de Coahuila; y Eugenio Hernández, de Tamaulipas.

Probablemente, en la medida en que se vayan dando otras detenciones y consignaciones, la clase política priísta buscará poner distancia para no ser arrastrados por esta ola de corrupción y recalcar que solo ellos están “limpios”.

Sin embargo, se olvidan de que, hoy en día, su partido, el PRI, es sinónimo de todo lo peor de la política mexicana. El propósito de querer navegar con la bandera de la honestidad, la transparencia y la probidad carece de todo fundamento y credibilidad.

Para la decadente clase priísta, la detención de Javier Duarte quiere ser utilizada como una tabla de salvación. Por eso, la estrategia y mensaje gubernamental señalan de manera contundente al exgobernador como el gran corrupto, sobre quien va a recaer todo el peso de la ley.

Por muy detestable que sea este personaje, no estamos frente a un caso personal ni aislado como quieren hacerlo aparecer para distraernos. No es así. Esto es solamente una muestra más de la enorme podredumbre que por todos lados brota del priísmo y en la que todos son cómplices.

Éste, parece más bien, un modus operandi, una forma de concebir el ejercicio de la política: solo para beneficio personal, para los amigos y los miembros del grupo, como si para esta clase política el objetivo de la democracia que pregonan fuera el saqueo, el abuso, la corrupción, la impunidad y los negocios al amparo del poder.

Tal parece que no les interesa la lamentable situación que vive la mayoría de la gente. Veracruz representa la muestra más clara: es uno de los estados de la República que concentran el mayor número de pobres; el índice de analfabetismo, reprobación y abandono escolar son de los más altos del país; la violencia no cede y al cierre de 2016 la entidad se colocó en el primer lugar en homicidios dolosos.

Esto es, entre otros indicadores más, el saldo de los niveles de impunidad e irresponsabilidad a las que un gobernador puede llegar cuando cuenta con la complicidad de los miembros de su clase política.

No hay duda de que estamos presenciando la expresión más clara y más vergonzosa de la descomposición de la política y de los partidos tradicionales.