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Nuestro medúsico sistema político

  • Betty Zanolli

  • Betty Zanolli Fabila

Al término de la Revolución Mexicana la lucha por el poder era tan intensa que fue imposible para el emergente Estado, secuestrado por las luchas de los distintos líderes y grupos, sentar las bases para construir una nación unida e integrada.

Escisión aguda que se mantendrá durante el Gobierno carrancista y que solo comenzará a ser revertida con la llegada a la presidencia de la República de Álvaro Obregón, quien inaugura la época del caudillismo al someter a caudillos menores y unir a las fuerzas obreras y campesinas como contrapeso al Ejército.

Así, pese a la supervivencia de una docena de partidos como el Comunista, Laborista, Agrarista y Socialista Obrero, décadas de lucha política intestina y el propio desgaste que sufrió dicha fórmula política durante el porfiriato, impedirán su desarrollo como vía para fincar la democracia en los primeros tiempos del México posrrevolucionario.

Será solo hasta la fundación del Partido Nacional Revolucionario en 1928, al término de la administración presidencial del “Jefe Máximo” Plutarco Elías Calles, que se vuelva al camino partidista. Finalizaba así la época de los caudillos, según anunció el propio Calles, para dar paso a las instituciones. Su objetivo: mantener a la Revolución en el poder.

Intentaría luego el movimiento vasconcelista crear el propio pero sin éxito. En cambio, será Lázaro Cárdenas, como titular del Ejecutivo federal quien refunde en 1938 al PNR -12 días después de decretar la expropiación petrolera- bajo el nombre de Partido de la Revolución Mexicana (PRM), sustentado en un régimen corporativo a fin de organizar la “fuerza política de las masas” por sector (obrero, campesino, popular y militar).

Al año siguiente nace una nueva alternativa política, el Partido Acción Nacional (PAN), y para 1946 el PRM es sucedido por el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

A partir de entonces y hasta 1980, PRI y PAN serán las “principales opciones” políticas, a las que se sumarán otras menores como el Popular Socialista, Auténtico de la Revolución Mexicana, Demócrata Mexicano y Frente Cardenista, siendo en la actualidad los partidos oficiales con registro nacional, además de PRI y PAN, el de la Revolución Democrática, Verde Ecologista de México, del Trabajo, Movimiento Ciudadano, Nueva Alianza, Morena y Encuentro Social.

Régimen de partidos que entre 1977 y 1996 fue objeto de sendas reformas legislativas por las que se crearon los hoy denominados Instituto Nacional Electoral y Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación; se promulgó un cuestionable código de procedimientos especiales; se estableció un antidemocrático principio de representación proporcional y formalizó su indignante financiamiento público.

Hasta aquí todo parecería lógico en el devenir democrático de una nación. Sin embargo, nada más obscuro y tortuoso, porque en gran medida nuestro fracaso como Gobierno y sociedad es producto del fracaso estrepitoso de nuestro sistema político. Vivimos bajo una férrea y tiránica dictadura partidista.

Y a pesar de la aparente amplia gama de opciones partidistas, no hay más partido que uno, medúsico, porque como Medusa de él se desprenden múltiples tentáculos serpentescos.

Denominarlo es lo de menos. Resume a todos y se transmuta en cada uno: encarna la ambición y sed ilimitada de perpetuación en el poder que permite a sus respectivos cuadros el acceso fácil, inmoral, a recursos ilimitados. Por eso, lo mismo se puede ser del PRI que del PAN, PRD, PVE, Morena o del que sea, porque salvo muy contadas y honrosas excepciones, nuestros políticos carecen de mística e ideales.

No representan al pueblo que los eligió. Solo a sí mismos y al interés partidista: representantes perfectos de un medúsico y execrable corrupto sistema político.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli