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Nueva / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Los redactores de la Ley Orgánica de la Universidad Nacional Autónoma encontraron una inteligente fórmula para precisar las difíciles tareas que la institución realiza diariamente. Enunciaron con sustantivos que identifican acciones y entidades que tienen existencia real, los fines que persigue: la enseñanza superior, la investigación pura y aplicada y la difusión de la cultura. Lo sustantivo, además de referirse a lo que existe, también connota aquello que es importante, fundamental, esencial.

Difundir significa extender, esparcir, propagar. Por lo tanto, difundir cultura es propagar, esparcir, extender, poner al alcance de los grupos humanos que constituyen una población los bienes culturales que esa nación y otras han creado a lo largo de la historia y habrán de crear en el futuro.

La inteligencia de hombres, mujeres y niños crea constantemente bienes culturales. Los bienes culturales son productos de la inteligencia. Los bienes culturales permiten a la especie humana modificar, transformar su medio ambiente para prever, anticipar cambios y dominarlos. Los bienes culturales son creaciones instrumentales para la supervivencia física alcanzada, la cual conduce hacia las finas expresiones de existencia que se denominan artes. En la Grecia clásica se adjudicó a cada una de nueve musas un arte específico: danza, poesía, música, coros, historia…

Suele confundirse la cultura con la buena memoria que permite a mujeres y hombres maduros, platicadores y simpáticos retener nombres de creadores de música, poesía, teatro, pintura, escultura, de autores de música, literatura, poesía. Hay memoriosos que pueden recordar hora, fecha, lugar de cada una de las sesiones de grabación de El anillo del nibelungo dirigidas por Georg Solti. Sin embargo, muchos de esos son incapaces de seguir un hilo musical. Lo mismo sucede con la poesía y la novela, cuyas secuencias, ritmo y trama permanecen inadvertidas por esos “cultos.” Sus desplantes de retentiva son admirables. Pero no son evidencias de una inteligencia cultivada.

El discernimiento del valor de una obra de arte y de los criterios críticos de una nación para apreciarla no pueden estar encargados a una sola instancia administrativa o financiera. Tampoco a una sola entidad contratante. La apreciación del valor de una obra literaria, poética, novelística, musical, teatral o de danza no procede de un solo criterio. Se va integrando en función de las opiniones que externan los públicos que se disponen a disfrutar cada obra.

La fundación de la Secretaría de la Cultura fue producto de una consulta administrativa y amistosa.

Las tareas previas que exige cada etapa de una Reforma Educativa demandan la atención íntegra del secretario de Educación. Las diversas responsabilidades distribuidas entre las subsecretarías habrá de asumirlas cada titular del amplio tramo de tareas que corresponden a cada una de ellas. Y son de un número y amplitud temibles. Conviene recordar que la Secretaría de Educación efectúa todas las actividades financieras, económicas, administrativas, técnicas, políticas… de una República. Es la Secretaría que demanda mayor atención para cumplir en fecha cada compromiso que asume, en cada ciclo escolar, con cada una de las complicadas y extensas gamas de especialidades educativas a las cuales responde y administra. Y de cuyo eficaz y oportuno cumplimiento depende en gran parte el equilibrio cotidiano de la complicada y muy diferenciada sociedad territorial mexicana.

Los menesteres y obligaciones cotidianas de la nueva Secretaría de Cultura exigirán la transformación instantánea de un inteligente y cultivado intelectual, en un súper administrador sutil y virtuoso, responsable de un acervo de bienes culturales ya existentes y el advenimiento de uno nuevo, ya anticipado y por lo tanto, muy difícil de difundir.