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Nuevo nacionalismo I

  • Eduardo Andrade

  • Dr. Eduardo Andrade Sánchez

La influyente revista The Economist dedicó recientemente sus principales artículos a lo que denominó “Nuevo Nacionalismo” considerando esta tendencia como tremendamente negativa bajo el liderazgo de figuras como Donald Trump. Su acerba crítica al nacionalismo parece distinguir entre uno “bueno” como el que consiste en alentar al equipo de futbol del propio país, y otro “malo” que implica el cierre de fronteras, la protección comercial y la xenofobia.

Ese confuso análisis que condena de modo compacto y sumario el propósito de proteger los valores nacionales, materiales o culturales, se orienta a defender la globalización y el libre comercio como vías de la prosperidad general y, contradictoriamente, al mismo tiempo presenta datos que muestran el creciente rechazo al proceso globalizador. La percepción que recogen las encuestas en diversas naciones, no es gratuita. 40 años de neoliberalismo y casi 30 de predominio capitalista posterior a la caída del Muro de Berlín, no han construido un mundo más justo y equitativo, por el contrario, se ha acentuado la desigualdad y ha crecido la necesidad de emigrar de millones de personas que solo buscan trabajar para sobrevivir.

Por eso no sorprende que en varias latitudes como en Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Australia, Arabia Saudita y Noruega, no haya una mayoría de habitantes que consideren a la globalización como una tendencia positiva. Más revelador es el hecho de que la mitad o más de la población encuestada en un buen número de países, estima que en materia comercial su patria debería ser capaz de producir los bienes necesarios sin recurrir a las importaciones, tal es el caso de Francia, Indonesia, Tailandia, India, Malasia y Filipinas. En Estados Unidos solo el 50 por ciento de sus habitantes estima que las importaciones son buenas para su comercio.

Es evidente que el incremento del flujo libre de mercancías y capitales solamente ha beneficiado a una reducida élite en naciones que, con independencia del promedio que representa su PIB, reflejan una inconformidad mayoritaria. Esas élites defienden la idea de que ahora somos ciudadanos del mundo porque sus miembros se mueven a sus anchas en el planeta, pero al margen de esa minoría que ha ganado el mundo, están las mayorías que sienten que han perdido a su país. Y ese sentimiento ha unido a los izquierdistas, que hasta hace poco eran los únicos globalifóbicos, con los derechistas moderados y ultras, que reivindican el nacionalismo como su refugio.

En principio, nada hay de malo en eso. El sentimiento nacional siempre ha existido y es el aglutinante natural de una comunidad. Al consolidarse esta como Estado nacional, constituyó una unidad económica y en ese carácter el comercio internacional resulta necesariamente un juego de suma cero. Cuando se levantan las barreras al comercio se facilita el intercambio entre grandes corporaciones que pueden estar asentadas en un país pero no representan el interés de este. La célebre frase de que “lo que es bueno para la General Motors, es bueno para Estados Unidos” perdió vigencia en el mundo globalizado. Hoy, como argumenta Trump, lo que es bueno para la Ford no forzosamente es bueno para los trabajadores del país vecino.

Esta reivindicación de la economía organizada nacionalmente, surgida en la metrópoli, puede iniciar un reajuste del orden económico mundial a partir del cierre de fronteras. Ante este cambio México debe desatarse de las recetas que otros abandonan. Tardamos en abrirnos, ahora no vayamos a ser los últimos en cerrarnos.

eduardoandrade1948@gmail.com