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Nuevo nacionalismo II

  • Eduardo Andrade

  • Dr. Eduardo Andrade Sánchez

Todo nacionalismo implica privilegiar el interés de los nacionales. Preferir un producto nacional sobre el importado conviene a la planta productiva propia; disfrutar una vacación en el suelo nativo evita la salida de divisas; dar una obra pública a una constructora nacional en vez de a una extranjera; son medidas que sirven a un sano interés nacional. Dichas preferencias no deben confundirse mañosamente con xenofobia; privilegiar lo propio no implica el odio ni el desprecio al extranjero.  Los “fundamentalistas del mercado” como les llama Joseph Stiglitz, esos que se dedican a cantar loas a la globalización porque pertenecen a un ínfimo sector que se beneficia de ella, han inculcado la idea de que ser nacionalista está pasado de moda, es autolimitante e irreal. De ese modo imponen las recetas neoliberales que en vez de liberar a los pueblos esclavizan a la mayoría de su integrantes. Entre globalización hipócrita y nacionalismo auténtico prefiero este último.

Un nacionalismo que implique el compromiso profundo y serio con los verdaderos intereses de las mayorías; que crea de veras que “La Patria es Primero” como nos enseñaban en las clases de historia y civismo, antes de que se degradara a las frases inspiradoras al rango de cursilería barata. Funcionarios que no antepongan, como Agustín Carstens, su egoísta interés personal sobre el servicio al país al que debe una lealtad primigenia, la cual no honra al abandonar el barco cuando percibe su posible hundimiento. No es extraño que actúe así, porque para eso lo formaron deliberadamente en la Escuela de Chicago. Su pasado académico es emblemático del funcionario programado para ascender en los círculos financieros mundiales donde se hacen méritos mediante el servilismo al capital especulativo trasnacional. Los ascensos se ganan atendiendo las instrucciones de los “mercados”, es decir de los especuladores que se dedican a exprimir la economía de las naciones a costa del empobrecimiento masivo. La salida de Carstens es la crónica de una huida anunciada; del desprecio por su país y la ambición de ascender en la escala de los organismos financieros internacionales. Ya antes había querido dirigir el Fondo Monetario Internacional pero le ganó el brinco la señora Lagarde; ahora por fin consiguió ir a donde siente que pertenece porque se lo ha ganado atendiendo los intereses externos antes que los nuestros, y eso me consta porque cuando como diputado federal propuse un impuesto a las transacciones financieras que fortaleciera las finanzas nacionales sin necesidad de extender la aplicación del IVA, se opuso con todo vigor porque eso no era del agrado de los círculos financieros. Cuando le argumenté que Brasil lo había implantado me respondió que sólo lo pudo sostener ocho meses, ¡claro, lo presionaron los banqueros para quitarlo!

Insistí para que se estableciera el gravamen, aunque fuera sólo los meses que pudiera aguantarse la presión externa, con lo que se obtendría una importante recaudación, pero todo lo que obtuve fue una especie de mueca que combinaba cinismo y displicencia. Por supuesto, desde su cargo de subsecretario de Hacienda se encargó de bloquear el proyecto.

No sería malo incluso replantear la “autonomía” del Banco Central, estatuto diseñado para que los  gobiernos democráticos no puedan controlar plenamente su política económica. Los bancos centrales dejan de depender del Gobierno para obedecer a los organismos financieros internacionales, desde donde el señor Carstens colaborará a nuestro infortunio.
eduardoandrade1948@gmail