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Nuevos signos de la diplomacia

  • Rosamaría Villarello

  • Rosamaría Villarello Reza

La sacudida por la que está atravesando el mundo tiene diferentes orígenes si los vemos como parte de los ciclos de la vida y diversas causas por las transformaciones económicas y políticas, en las que los aspectos sociodemográficos tienen un peso en las decisiones que el Estado asume.

Por ello, la agenda política tiene que activarse día a día, replantear las estrategias y echar a andar una nueva diplomacia que ahora vemos muy menguada en diversos Gobiernos ante lo inesperado.

El ejercicio de la diplomacia es de larga data y desde la antigüedad han existido diversos tratados que la elevaron al más alto rango; no por ello siempre cumplidos, pero que han servido para tener una plataforma para el acercamiento pacífico y la negociación sobre todo en los momentos más difíciles de la historia. No es exagerado afirmar que con ella se han podido detener numerosos conflictos, tal vez no como quisiéramos, pero sirven para normar una conducta que por supuesto implica civilidad y guardar ciertas formas; atender un protocolo que muchos desdeñan. Estamos muy pendientes incluso, si dos jefes de Estado se dan la mano al encontrarse, cómo se hablan por teléfono, qué atenciones tienen los unos con los otros y, hoy, hasta qué tuis se dirigen. Creo que las formalidades de la diplomacia cobran nuevo valor y para nada están en desuso. Simplemente habrá que irlas acomodando.

En la política exterior se debe hacer uso de la diplomacia y eso sobre todo depende de quién esté al frente y la opere: sea el jefe de Estado, de Gobierno o el ministro de Relaciones Exteriores.

En México constitucionalmente el facultado es el secretario de Relaciones Exteriores, quien representa al jefe del Ejecutivo. Esto viene al caso recordarlo debido a que un secretario de la política externa mexicana como lo es Luis Videgaray, no tenía tanto peso como lo tiene él en este Gobierno y este encargo. Representa “el estilo personal” de gobernar del presidente Peña.

Pero han comenzado a darse confusiones en los medios sobre las funciones de varios de los miembros del Gabinete de quiénes deben llevar determinada agenda: si los responsables por sectores (hacienda, economía, energía, agricultura, etc.) y quiénes deben ostentar la representación formal.

En una época se vio en México que los secretarios sectoriales fungían muchas veces como cancilleres e incluso “saltaban” al propio secretario de Relaciones Exteriores en las decisiones de política exterior. También hemos visto cómo algunos cancilleres se convertían en expertos en todo y negociaban aspectos cuyo conocimiento era mínimo y sin ninguna experiencia e incluso no consultaban a los responsables ni a los especialistas.

Hoy Videgaray cubre los requisitos del trato diplomático y de la formalidad necesaria, y por lo que hemos visto hasta ahora, cada secretario en particular, está jugando un papel relevante atendiendo cada cual su materia que repercute ineludiblemente en la construcción de una nueva diplomacia a través de las funciones que tiene asignadas. En suma, lo que se necesita es el trabajo de equipo, y las nuevas reglas internacionales así lo imponen.

Parece que esta nueva visión de la diplomacia aplicada a la política exterior está comenzando a dar resultados.