imagotipo

Contingencia sonora| Numerados

  • Camilo Kawage

1.- En los días que precedieron el cierre del Periodo Ordinario de Sesiones del Congreso, como siempre sucede, los legisladores de ambas cámaras hacían tiempo supuestamente para que los jefes de las bancadas alcanzaran acuerdos sobre los trascendentes temas que, también igual que siempre, dejaron colgados, en este caso el paquete anticorrupción, la ley marihuana, el Mando Único, el fuero de la diputada para botones. En ese tejer y destejer mientras sonaba la campana, una mente brillante afirmó una postura sobre la contaminación del ruido que, a esa hora, no tuvo eco ni en los boletines que circularon como confeti en campaña municipal pero, con los días, ha cobrado cierta vigencia entre todas saturaciones.

2.- Cuando hace casi 50 años los gobernantes empezaron a hablar todo el día, todos los días, la población total era 40 por ciento menor a la actual, y de esos mexicanos se contaba con las manos quienes leían los discursos o captaban el mensaje –cuando lo había-. Hacia esas fechas vio la luz el concepto de Jacobo Zabludovsky y el público adquirió el hábito de informarse en la tele; no existían los noticieros de radio, ni como somnífero. Por entonces nos sorprendían las reuniones de trabajo en que el Ejecutivo pasaba 10 horas sin levantarse de su asiento, y para un observador memorable, la pregunta era no si iba al baño, sino a qué horas trabajaba.

3.- En nuestro día, con el vértigo de medios, fuentes, dispositivos e, incluso el cinismo con que cualquiera inventa noticias, que circulan en el microsegundo sin importar su validez o su verdad, el dinamismo de los protagonistas adquiere una ubicuidad más penetrante, que las partículas de ozono que nos paralizan con cada vez mayor frecuencia. Solo que en este caso el cargo es a la confianza, la credibilidad y el respeto a quienes deben ganarlos, además de la salud física de los receptores de la información.

4.- De suerte que ante la dimensión de los escándalos reales que nos toca enterarnos, tres o cuatro veces en el día; los delitos que de verdad se cometen, las violaciones y abusos probados, las vejaciones y agravios documentados, se añaden los que cualquier ocioso pone a circular y afirma como hecho indubitable, y tenemos una mezcla aplastante que abrasa los sentidos y los fulmina. Si algún genio sugiere que la omnipresencia del Ejecutivo y sus secretarios; sus sabias disquisiciones y sus locuaces lugares comunes tienen por objeto moderar el resto de las incontinencias, podría ser más sucinto y preciso, porque el “mal humor” que se percibe indica más bien lo contrario, aunque se insista que los números marchan bien.

5.- Si la intención es placear a los posibles y mostrarlos como artífices de las finanzas, de la atingente generosidad del Gobierno, magos del manejo de crisis y promotores de la felicidad, parece que las figuras se están horneando de más. Basta citar episodios de alto impacto para la vida de los mexicanos que vimos dirimirse a golpes de conferencia de prensa, justo entre la autoridad del Ministerio Público y los auxiliares extranjeros que la propia Federación contrató, para tener presente que la transparencia no significa litigar ante las cámaras, ni democracia quiere decir quién lanza más vituperios.

6.- El respeto que profesamos a los demás es el que nos debemos a nosotros mismos. Nunca la calumnia y el insulto han servido para exaltar a una sociedad, para eximirle sus complejos, ni el arrebato del extremo ha saciado sus carencias.

camilo@kawage.com