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  • Camilo Kawage

1.- Los actuales episodios de violencia que cobran vidas, haciendas y dignidades tienen ahora un lenguaje distinto en su descripción y claramente en su tratamiento publicable. Así ha quedado ilustrado en diversas secuencias, el caso del mozalbete que estos días atropelló con su coche y su prepotencia a un ciclista en un carril confinado, agredió a un policía y escapó. Al conocerse la noticia, cuando por las redes ya se sabía la placa del auto, el nombre del conductor y toda su biografía, el Ministerio Público afirma que no puede dar sus datos porque atentaría contra sus derechos humanos. Luego de las denuncias por los ofendidos la autoridad insinúa, con una tersura poética, que se le podría invitar a una especie de mesa de diálogo por sus posibles desvaríos.

2.- En lugar de decir las cosas por su nombre –todo el que quiso vio al petimetre desfogar sus complejos contra el ciclista, insultar al policía y fugarse-, el lenguaje empleado lo hace parecer, primero, como un apacible y precavido conductor que con todo cuidado protege con su vehículo a un sujeto que se atrevió a pedalear su bicicleta de combate por un carril confinado a coches de la marca Audi. Por fin, el fugitivo es localizado; declara ante el MP y sale en libertad a falta, según la autoridad, de elementos que acrediten flagrancia. Es decir, que lo que se ha repetido en todos los medios, día y noche, no aporta suficientes pruebas.

3.- Con similares términos, tras uno de los ya incontables asesinatos de alcaldes, alguna voz testimonial pareció seguir el juego al referir, en una entrevista, que “se había escuchado detonación de arma de fuego, lo que se conoce como balacera”. Aplica el vocabulario a conductas más o menos parecidas a lo que vendría siendo una suerte de actos reminiscentes, de ciertos tropezones que alguna parte de la población que cree que integra lo que eventualmente sería la sociedad mexicana, podría considerar una presunta falta de etiqueta a garantías básicas que supone tener.

4.- Así comienza a delinearse la incomprensión de una sociedad mal informada e iletrada sobre las bondades que le condesciende su Gobierno. Es la misma que no entiende la bienaventuranza de las alzas a gasolinas y electricidad, que tanta prosperidad traerán en el futuro; la que por su escasa capacidad de análisis no interpreta en su verdadera grandeza, la excelsitud que nos significa tener nuestras vidas atoradas por el chantaje subversivo de unos forajidos que arrebatan la paz pública y tienen subyugada a la autoridad, y la despojan de cualquier viso de credibilidad que pretenda blandir. Esa población ingrata que no percibe que de no actuar el gobierno como lo hace, estaría en situación de mayor abandono aún de lo que cree.

5.- En el lenguaje que artesanos, comerciantes, transeúntes y labriegos, igual que oficinistas, empleados, amas de casa, científicos y lingüistas no entienden, los causantes subcontratamos a profesionales de la extorsión para que nos gobierne la CNTE conforme a sus usos y costumbres, no de acuerdo a la ley, sino al capricho de ésos a los que la mayoría no aquilata en sus buenos propósitos. Algún día entenderemos que nuestra suerte habría podido ser menos venturosa de haber imperado el Estado de Derecho, pero hoy nos entercamos en condenar sin razón ni bases coherentes la pusilanimidad del Gobierno.

6.- A reserva de mayores elementos de flagrancia, hallemos la hora de buscar el idioma para abrigar un presunto asomo de optimismo, aparentemente constitutivo de buen ánimo y espíritu positivo.
camilo@kawage.com