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El privilegio de educar | Numerados

  • Camilo Kawage

1.- Al largo y sinuoso discurso sobre las carencias del país, al desgastado y tufoso párrafo de las zonas más deprimidas de la nación, y a la inagotable verborrea que diseña planes e implementa proyectos para el rescate de los menos favorecidos de la patria viene a añadirse, aunque nunca ha estado ausente, esa dosis de chantaje atravesado de atropello a las garantías individuales básicas, de que nuestra constitución es pionera en el último siglo y que hoy se pavonean sus martirizados apóstoles de los derechos humanos –línea discursiva ésta tan ambigua como el concepto de la riqueza mal aprovechada, del abuso a los desvalidos, o de la justicia por propia mano-. Sin faltar un dejo de anarquía.

2.- Ahí se traza un camino contra corriente que ha emprendido el Gobierno para darle la vuelta a una condición que parecía no tenerla. El que en su origen fue un grupo de maestros inconformes con las políticas educativas y las maniobras de su sindicato, se dejó crecer a través de dádivas de toda especie, concesiones políticas y territoriales, hasta convertirse en un desafiante y pretensioso poder que llegó a sentirse paralelo al estado mexicano, no sin razón. Sobra repetir de qué manera los gobiernos propiciaron la expansión de esa criatura al grado de doblarse ante sus exigencias, disminuirse a sus caprichos, a costa de la educación y crianza de los niños.

3.- A ese chantaje, y al atropello de las garantías individuales cuando les daba la gana a los líderes, y cuando nos pensábamos condenados a esa crápula para las generaciones venideras, el gobierno tuvo el acierto de reformar la ley, de impulsar su paso por el Constituyente, y tomó la decisión de aplicarla con toda su fuerza. Ha logrado algo similar a darle la vuelta en U a un tren sobre su eje y se trata de un significativo avance en la ruta del país hacia el futuro, que daba señales de tenerlo cancelado.

4.- No hacía falta mucha ciencia para adivinar el negocio de los dirigentes a costa de la educación infantil, con cargo al erario, y en perjuicio casi irreparable de la población. Dueños de las plazas docentes, que tripulaban para distribuir, heredar y retirar a su placer y conveniencia, amasaron un capital político y financiero envidia de cualquier mafia en el poder, y con él hallaron la vía para chantajear y burlar todas las instancias de poder constituido que intentaba contenerlos. No imaginaron que serían reducidos a su real dimensión, y que prácticamente todos los mexicanos les caerían en la trampa; era cosa de cortarles el dinero, suprimir sus prebendas y aplicarles la ley.

5.- La medida ha merecido toda clase de insultos de las camarillas puestas al descubierto, con detalles que hacen obvia la poquedad de su designio: maestros de vocación dieron clases en la banqueta de escuelas tomadas por el movimiento, y unos más, manipulados desde la vena de la sobrevivencia, debían repetir que luchaban por la educación y los derechos humanos de la cnte, o que se movilizaban contra la privatización de las escuelas del Politécnico Nacional, o lo que fuera necesario. Como si la sociedad viviera en las cavernas en que esos individuos, muchos de ellos con órdenes de aprehensión vigentes, pretenden tenernos rehenes.

6.- Las acciones del estado en materia educativa han dejado una vertiente más a la reflexión, y se trata de la baja calaña de los cabecillas que alcanzaron tal poder destructor sobre quienes tenían –y tienen- la obligación de ilustrar la mente y moldear el conocimiento de nuestros hijos.

camilo@kawage.com