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Puerta abierta a los extremos|Numerados

  • Camilo Kawage

1.- El mundo celebrará siempre la creación de la Unión Europea como uno de los saltos más fructíferos hacia el orden, la paz y la prosperidad que ha dado la civilización, y que la historia tiene sin duda ya grabado en su alabastro. La obra milagrosa de unificación que diseñaron estadistas de la talla de Jean Monnet y Robert Schumann, nacida de las cenizas del continente tras la Segunda Guerra -que en su origen fue la Comunidad Europea del Acero y el Carbón, tantas veces referida aquí-, ha cumplido hasta el pasado 23 de junio incontables designios, entre ellos uno de los periodos de no guerra más prolongados de su belicoso devenir milenario, o el crecimiento de la economía y la industria más consistente y duradero de que haya memoria.

2.- La entidad supranacional que se proyectó con la voluntad de los derrotados, entre naciones de las que quedaba su ánimo de levantarse de las ruinas y bien poco más que el arrojo de trabajar y reconstruir sus países desde la nada, tuvo el inmenso mérito de reunir la inteligencia en torno a un titánico esfuerzo en el que la victoria fue de la política. Esa política que venció sobre el odio, la destrucción y la soberbia que habían devastado a Europa y al mundo, se valió sin duda de esa misma condición para poner piedra sobre piedra, y refrendar su identidad aportando un poco de la escasa soberanía nacional que les quedaba. Y lograron apuntalar el edificio.

3.- Las consecuencias para la economía y las finanzas globales se anticiparon al voto inglés y están a la vista. Los mercados y las divisas ya lo resienten; los bancos y las grandes empresas con sede en Londres deberán planear distinto. El deterioro en la calidad de vida había sido calculado en la City, no así quizá por quienes lo padecerán; la seguridad social total, las pensiones, el empleo, los insumos baratos, el retiro en España, el refugio en Luxemburgo, y la facultad de inconformarse contra la burocracia de Bruselas, parece que no figuró en la mente de la mayoría Brexit.

4.- El daño mayor lo sufre la política, porque presagia el retorno de los extremos radicales, y la disolución de estructuras nacionales como las conocemos. Inglaterra dejaría de ser un reino unido al separarse Escocia, Gales, Irlanda del Norte “y sus otros reinos y dominios”; de España no extrañará la escisión de Cataluña, el País Vasco y las que vengan. La ultraderecha en Francia, Holanda, Austria y seguidores tendrá más razones para suponer su supremacía, para júbilo nada menos que de Trump; se cierne la tormenta del totalitarismo, asoma el fantasma del encono, que ya sabemos arrasa con las culturas. Si querían cerrar sus fronteras a la migración, no han visto nada.

5.- La historia parece repetirse contra todas las advertencias, muchos factores del voto inglés de salida pueden no tener regreso y cambiarán los mapas y ya ha sucedido. Con la diferencia de que al cerrar este capítulo británico y las mechas que ha encendido, no aparecen liderazgos visionarios, ni estadistas como los que hicieron la paz en el pasado inmediato de la Historia. Ni el cándido promotor del referéndum de un lado, ni las hordas de la ultraderecha que se esparcen como los tanques en 1939 por el otro, parecen reparar en el acecho de los populismos que acechan un porvenir que la Unión Europea había logrado asegurar y mantener, por lo menos, alejado de la guerra.

6.- A México no le afecta mucho la salida, pues nuestro comercio con Gran Bretaña es poco, dice el gobierno: nada más anuncia un recorte de 32 mil millones de pesos al Presupuesto, qué sería si de verdad nos impactara.
camilo@kawage.com