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Numerados

  • Camilo Kawage

1.- Mientras los enemigos del Gobierno queman las naves de la provocación en espera que su viaje sin retorno rinda los frutos de la confrontación, las uvas de la ira y las hieles de la venganza. Mientras el Gobierno insiste con denodados esfuerzos por sentar a la mesa y hacer entrar en razón a quienes en verdad no tienen nada que perder y siguen ganándole terreno, aumenta el número de ofendidos cuya tolerancia, benevolencia y voluntad tiene también un límite, que se halla más acá de los generosos ultimátum que se lanzan un día y se relajan al ratito. Esas víctimas no tienen el reflector de los medios, ni de las entidades de derechos humanos, ni de los organismos civiles que viven del erario para denostar al Gobierno.

2.- Se trata de los que tienen mucho que perder y están perdiendo su tiempo, su esfuerzo, su ingreso, su energía y su paciencia: se trata de todos los mexicanos que no tienen que ver con la furia desatada de quienes intentan quebrar al Gobierno. La infancia de un país, con la que no hemos logrado saldar una deuda vencida hace muchas generaciones y que se acumula en personas que tendrán siempre más dificultades para acoplarse a un mundo laboral y de conocimiento que cada día la deja más atrás. La carga no será para los rebeldes, la cobra el futuro que se les tiene tantas veces pospuesto; la paga también nuestra cohesión social.

3.- Los propios maestros, cuya vocación gallarda y preclara se ve pisoteada cada vez que en su nombre se denigra una profesión admirable y generadora de las más nobles virtudes en quienes tienen la oportunidad de abrirse el horizonte bajo su guía, son la segunda víctima de la subversión disfrazada. Quienes ejercen ese apostolado con honestidad, tesón y amor; se preparan todos los días para impartir la cátedra de luminosidad y esperanza en los niños, y se vuelven el ejemplo que todos nosotros evocamos con gratitud en la vida de adultos, merecen otro trato de respeto y reverencia.

4.- La integridad de las personas encargadas de preservar el orden público y sufren la vergüenza del sobajamiento y la mofa de que son objeto en su calidad de policías, dejan a muchos jóvenes con la duda sobre dedicarse a esa exigente e ingrata tarea de largo plazo, o a la siempre fugaz pero redituable y breve del delito, una de honor y la otra de ignominia. Porque cuando se presenta la amenaza y se actualiza un ataque, los policías son el primer frente, y cuando los delincuentes alzan la mano de sus derechos humanos, en lugar de someter, investigar y castigar el crimen, los policías agredidos son antes que nada puestos en sospecha, sancionados y despedidos, si bien les va.

5.- No se entiende dónde quedan, en ese orden, los derechos de los mexicanos de todas las artes y oficios, profesiones y habilidades a quienes nada más se les reconocen obligaciones, exacciones y penurias, para que unos vividores armados infrinjan la tranquilidad y el sosiego de su vida diaria y de sus familias, en defensa de su lucha, su movimiento y su cobardía adoctrinada. Quién responde por las víctimas de esa depurada estrategia de bloquear vías principales de ciudades como la capital del país, y las carreteras de entrada y salida, con piquetes de treinta o cuarenta personas, víctimas a su vez de liderazgos tripulados a la distancia.

6.- El siguiente mensaje de concordia, la próxima invitación al diálogo y la mesa política que se convoque, deben ser dirigidos a los agraviados por la violencia y no a los causantes; la mano que se tienda debe ser a quienes acatan la ley, no a quienes la transgreden.
camilo@kawage.com