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Numerados

  • Camilo Kawage

1.- La intimidación y la expansión del pánico a través de actos criminales, en especial cuando se cometen contra la multitud inocente, debe tener la antigüedad de la historia del hombre. Si bien el término fue acuñado hacia fines del siglo XVIII, casualmente en Francia, bajo el que desde entonces se llamó el régimen del terror, la cobardía, el odio y la saña con que se perpetra la muerte han sido siempre directamente proporcionales al fanatismo, la venganza y la ceguera de los días que corren. Con el dato presente que, contrario a la guerra formal, ésta no tiene objetivo preciso, horas previsibles de batalla, ni enemigo definido. Asistentes a un estadio, a un teatro, o a una fiesta nacional, igual que los pasajeros del metro o el aeropuerto, son sus víctimas inopinadas.

2.- Nada inventan de nuevo los criminales del miedo que atentan contra la vida y la paz de las personas, las familias y las naciones; ya otros que les precedieron han destruido ciudades, países e intentado aniquilar razas enteras, y el mal no vencerá al bien –si bien aún los conceptos parecen pasados de moda-. Ni entonces ni ahora comprendemos cuál es la inocencia que se ha perdido, a qué etapa de la candidez entraremos luego, ni qué sorpresas nos depara el destino cuando amanezca mañana. Sabemos por cierto que los Gobiernos y los liderazgos registran fallas profundas que es preciso detectar y corregir.

3.- Atribuir los desórdenes del mundo al sojuzgamiento de los oprimidos; ubicar el desquite de los kamikazes contra el viandante en el área del extravío mental, y señalar únicamente al fanatismo religioso o el rencor racial en las causas de la violencia de nuestro día, aterradora en tantos sentidos, se antoja, sin embargo, superficial. Las cuatro lo son, y sin duda otras menos aritméticas, como la velocidad a la que se transforma el tiempo y se le somete a voluntad, o a la que se reduce el espacio al mando de un dedo, y que la capacidad humana no alcanza a dimensionar aún.

4.- Los científicos de la política, los estudiosos de la antropología y la historia pueden ayudar a vislumbrar una forma de Gobierno menos injusta que la democracia que se han dado la mayoría de los países en que vivimos. De otro modo no se entenderá el aparente fracaso de la que sufrimos hoy a cada instante, en sus versiones supuestamente más depuradas y en las más rústicas. Es posible que no estemos actualmente preparados para gobernarnos entre nosotros mismos, en un ámbito de libertad, ejercer nuestras habilidades y dirimir las diferencias del modo en que los propios derechos se imponen sobre cualquier obligación a contrapelo de la equidad que pregonamos, y en abuso de la misma libertad que nos arrogamos.

5.- Porque no estamos viendo el Gobierno de la mayoría, ni la victoria de las democracias es exactamente lo que gozamos, ni honramos la memoria de los cientos de millones de muertos que por ella se inmolaron, ni la de los soldados desconocidos. Los Gobiernos se ven obligados a actuar ante el alzamiento violento de minorías, sofocar brotes de ira incontenida tantas veces sin rumbo y nunca con razón, pero minorías al fin, estruendosas y letales; manipuladas y adoctrinadas en el engaño de un más allá que reivindique su mesianismo, y por ello temibles. Pero ése no es el Gobierno de la mayoría.

6.- A reserva de reinventar la filosofía, o de arriesgarnos en su defecto a volver a la tiranía y al totalitarismo, más vale aprovechar las oportunidades que nos brinda la libertad para nutrir el intelecto, porque nos vamos quedando solos, y en una de esas no tendremos a quien reclamarle.
camilo@kawage.com