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Numerados / Orden, pulso y prudencia

  • Camilo Kawage

1.- La estrechez de nuestro panorama no se deba tal vez tanto a conspiraciones del exterior ni a manipulaciones ideológicas endógenas –menos aún a estrategias mercadológicas orientadas a la explotación del morbo- como a cierta holgazanería mental que nos tiene absortos y expectantes en el temor de un nuevo desfalco; en las casas de los gobernadores prófugos; en la burla de que nos hace objeto el próximo hampón que ocupaba el puesto público; en el atraco que sigue, las fosas clandestinas por descubrir y la violación a los derechos humanos cuyo reportaje se cocina ya, sin faltar los padres de los 43 que se suman a cualquier marcha, pinta o viaje. Quede claro, no se trata de festejar las cosas buenas que cuentan mucho; sólo que hace falta darle vuelta a la barredora.

2.- Llevamos casi un año saturados hasta el asco de la rapiña de Duarte, y bien poco más. Nada nos quita como país, como sociedad y como ciudadanos la humillación que produce este personaje sacado de una historia macabra y maldita. Pero hace tiempo que el tema acabó con los ratings, con los lectores, y aún con la tiranía exponencial de la ignorancia que promueven, facilitan e imponen las redes sociales. A nadie se le ha ocurrido que tal vez al granuja lo tienen escondido para evitar exponerlo a un descuartizamiento en la plaza pública que seguiría nutriendo el escarnio contra las instituciones que él mismo ha mancillado.

3.- Posiblemente no venda mucho una reflexión sobre por qué personajes de esa calaña llegan a cargos de elección popular. El descrédito del sistema se ha fraguado dentro de sí mismo, no pocas veces en el intento de encubrir una corrupción con otra más grave; de tapar un latrocinio con uno mayor, o simplemente de enderezar las torpezas de uno con las tonterías de uno más torpe. Ha sido una práctica irresponsable, no privativa de un partido político, si bien endosable al PRI de manera instintiva, como se le culpa de todas las desgracias acaecidas desde Tezozómoc hasta Trump.

4.- El desconocimiento de las leyes, la nula vocación de servicio público, la falta de pasión por el quehacer político y la ausencia de principios éticos se juntan casi siempre en el abuso del poder que corroe la estofa del sátrapa, desvirtúa cualquier forma de Gobierno, envilece a los gobernados y propicia el descontento social que desencadena la violencia. Sumado a ello la pobreza del discurso con que se intenta aminorar el daño, una retórica renca que busca efectos grandilocuentes con sacudimientos de la mano, el resultado es una malsana mezcla de perplejidad, insuficiencia y decepción. Ahí no hay partido, ideología, doctrina ni parámetro que valgan; como la democracia no tiene apellidos, ándese la cargada contra el que esté más cerca.

5.- El antídoto del abuso es la prudencia. Por la desmesura del que lo ostenta el poder se diluye, y por la intemperancia del efímero la autoridad se esfuma. Solo el recio vínculo social que la historia ha trenzado es capaz de redimir la indigencia, de restañar la ofensa colectiva que producen los excesos. Pretender endilgar a toda una civilización milenaria el vicio humillante de unos cuantos y atribuirle deformaciones culturales seculares a un pueblo entero por el engendro siniestro de la corrupción, se antoja parecido a una procaz ligereza, a intentar gobernar con puntos de vista, y a dirigir a una generación con liderazgos de merengue.

6.- Nuestro horizonte como país trasciende con mucho los buenos deseos de que se capture y castigue a los ladrones. Queremos orden, pulso y prudencia para orientar nuestra grandeza.
camilo@kawage.com