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Nunca más el olvido: a 40 años de la dictadura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Parecía ser un golpe de Estado más en la Argentina (…) desconocíamos la impresionante magnitud de la represión y de la locura que se instaló en el país.” César Luis Menotti, consciente de sus propios espectros, rememoró así el comienzo de la última dictadura militar de su país, en una reciente entrevista con Eduardo Verona para el “Diario Popular”. Hoy, la exposición “Nunca más el olvido”, en el Centro Cultural Tlatelolco, da cuenta de aquella época, tan cruenta, que tantos duelos, verdugos y exilios produjo.
MEMORIAS EN UN SUBTERRÁNEO

A la exposición “Nunca más el olvido” no se entra: uno desciende hacia ella, hacia los sótanos que alojan estas memorias.

Se avanza a través de un corredor con perfiles de laberinto y de presidio. Se suceden ahí las fotografías que captaron los reporteros gráficos argentinos, aún armados con sus aparatos de película negativa, siempre en peligro de enfurecer a los dictadores. Con tesón y temeridad le filtraron al mundo los retazos de una historia que se remonta a las postreras glorias del general Juan Domingo Perón.

La extinción terrenal del caudillo legó al país enlutado una herencia de incertidumbre. La precaria presidencia de María Estela Martínez, viuda de Perón, pronto se estremeció ante los zafarranchos de cuartelazo y, por fin, sucumbió bajo el golpe de Estado.

Era el 24 de marzo de 1976. Los militares no se marcharon del poder hasta 1983. Para entonces habían desmantelado a la industria argentina, habían deshilachado los tejidos sociales, y sobre todo, habían creado su propia versión del Reino del Terror.

La América Latina se había convertido en lo que el caricaturista chileno Palomo bautizó como “El Cuarto Reich”: Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Ecuador, Perú, Bolivia, Nicaragua y Haití soportaban Gobiernos militares que, al socaire de la Guerra Fría, reprimían impunemente a sus pueblos en nombre del combate contra la subversión comunista, con la anuencia y cooperación de los servicios secretos estadunidenses.

Aquellas dictaduras se entendían bien a la hora de perseguir a los opositores. Fueron los tiempos de la “Operación Cóndor”, la estrategia represora conjunta diseñada por el Gobierno de Augusto Pinochet, y bien arropada por sus socios argentinos.

La sevicia de la dictadura argentina dejó muy atrás a los personajes más tenebrosos del pasado latinoamericano, como Trujillo o como Fulgencio Batista, el socio de la mafia.

Las imágenes y testimonios que escapaban de las fronteras, en una época sin internet ni redes sociales, horrorizaron al mundo. Una campaña internacional exigió que el Campeonato Mundial de 1978 no se llevara a cabo, como estaba previsto, en Argentina. “La dictadura me utilizó” reconoció un pensativo César Luis Menotti años después ante el “Corriere della Sera”. En efecto, la dictadura usó a la selección nacional y a su técnico para esconder, tras toneladas de papel picado y decibeles de euforia, las desapariciones, las torturas, los asesinatos.

Los fotoperiodistas captaron al dictador Videla y a sus lugartenientes en los palcos, regocijados por un gol albiceleste. Brasil había batido a Polonia 3-1, Argentina necesitaba golear a Perú 4-0 para desplazar a los amazónicos de la gran final. El triunfo por 6-0 aún alimenta sospechas de un “arreglo”. El 3-1 sobre una selección holandesa que no contó con su máximo astro, Johann Cruyff, les dio a los dictadores una epopeya para celebrar.
LAS MALVINAS

“¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!” fue el coro masivo de un pueblo harto de represión, pobreza y saqueo. Avanzaba el año 1982 y el callejero desafío arrinconó a la tiranía agonizante. Incapaces de mejorar la situación económica, los uniformados se jugaron la última carta con una ofensiva sorpresa sobre las Islas Malvinas, ocupadas por el Imperio Británico desde 1833. La potencia colonial las había rebautizado con apellido sajón (“Falkland”) e importó a un puñado de sus súbditos, a los que en democrático plebiscito, les consultó si deseaban que aquel territorio fuera inglés.

El viejo agravio daba ocasión para apelar al patriotismo argentino. Los represores que habían entregado los recursos del país a las corporaciones multinacionales, de pronto se envolvieron en los colores patrios y así cosecharon durante algunos meses el apoyo de un pueblo que momentáneamente confió en sus propios verdugos.

Todo salió mal. “Maggie” Thatcher, primer ministro de Gran Bretaña, había aplicado en el viejo imperio las mismas recetas económicas neoliberales “modernas” que los militares sudamericanos, con resultados semejantes: crisis económica, represión y repudio popular. “Maggie” había eliminado incluso la tradicional ración de leche para los alumnos de las primarias públicas, por lo que se ganó el mote de “la ladrona de leche”. Thatcher parecía tener sus días contados en Downing Street; la guerra contra un país militarmente mucho más débil que Inglaterra, era su propia oportunidad de envolverse en los colores patrios. Y la aprovechó. No tenía un corazón para tentárselo y ordenó que el submarino nuclear “Conqueror” hundiera al crucero argentino “General Belgrano”, una reliquia de Pearl Harbor, que esperaba fuera de la “zona de exclusión” establecida por el propio Gobierno inglés. Murieron 323 tripulantes, muchos de ellos cadetes navales.

El regocijo popular por la proeza le aseguró a “Maggie” algunos años más en el poder. Así pudo continuar su trabajo desmantelador de los derechos sociales.

Los Estados Unidos no contuvieron a su aliada anglosajona en nombre de la “Doctrina Monroe”; incluso el dictador de Chile, Augusto Pinochet, con quien sus congéneres argentinos habían trabajado en tan armonioso equipo para exterminar opositores, cooperó pérfidamente con Albión. “Sin la ayuda chilena hubiéramos perdido” reveló en 2014 Sidney Edwards, oficial de la Real Fuerza Aérea.

Esa vez no se pudo explotar de nuevo el futbol para distraer al pueblo, como en 1978: la albiceleste de
Menotti perdió tres partidos en los estadios ibéricos y tuvo que regresar a casa sin la Copa del Mundo.

“Se dice ‘loco de alegría’. También podría decirse ‘cuerdo de dolor’”, escribió Marguerite Yourcenar, y el pueblo de Argentina recuperó la conciencia. Sonó más fuerte que nunca el coro de la indignación: “¡Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar!”.

En 1983 la dictadura se acabó, pero sus consecuencias se adentran en el nuevo siglo, mientras las Abuelas de la Plaza de Mayo buscan tesoneramente a los nietos desaparecidos.

“Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de concentración: los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisioneras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente después”, escribió el poeta Juan Gelman, exiliado en México. Gelman halló a su nieta, María Macarena, cuando ella contaba ya 23 años. Estela de Carlotto, la presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, encontró a su nieto Guido, cuando él ya tenía 35 años. La búsqueda sigue.

Los golpistas tuvieron sus partidarios, y aún los tienen. Alegan que los militares libraron una guerra contra el terrorismo y que su victoria salvó al país de una dictadura comunista. Los militares nombraron a su Gobierno “Proceso de Reorganización Nacional”. Insisten en que nunca hubo 30 mil víctimas, que “a lo más” fueron
siete mil.

En 2015, ya bajo el nuevo Gobierno de Macri, el diario “La Nación”, de Buenos Aires publicó el lunes 23 de noviembre un editorial en el que llamaba a que terminara “el vergonzoso padecimiento de condenados, procesados e incluso de sospechosos de la comisión de delitos cometidos durante los años de la represión subversiva y que se hallan en cárceles a pesar de su ancianidad”. Al día siguiente, martes 24 de noviembre, la Asamblea de los Trabajadores del diario porteño se pronunció contra el editorial de la empresa, que se vio obligada a publicar una fotografía colectiva de la protesta, con pancartas de repudio: “Nunca más”.

En “Nunca más el olvido” exponen Adriana Lestido, Daniel García, Marcelo Ranea, Omar Torres, Rafael Wollmann, Eduardo Longoni, Enrique Shore, Marcelo Brodsky, Juan Travnik, Gustavo Germano, Helen Zout, Juan Travnik, Lucila Quieto, Julio Pantoja, Julio Menajovsky, Guillermo Loiácono, Martín Acosta y Pablo Lasansky.

Alberto del Castillo y María de Mária Campos forman el equipo curatorial. Del 30 de enero al primero de febrero del 2017 se llevará a cabo un coloquio acerca de la muestra; habrá conferencias magistrales el 2 y 3 de febrero. Durante enero y febrero de 2017 se proyectará un ciclo de cine. “Nunca más el olvido” culminará el 26 de febrero de 2017, en la sala de Exposiciones Temporales del Memorial 68, dentro de las instalaciones del CCU Tlatelolco, en Ricardo Flores Magón 1, Nonoalco Tlatelolco. www.tlatelolco.unam.mx