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Obamacare en un bache

  • Paul Krugman

  • Paul Kugman

Han pasado más de dos años y medio desde que entró en pleno vigor la ley de atención médica accesible, conocida como Obamacare. La mayoría de las noticias sobre el sistema de seguro médico desde entonces han sido buenas, refutando las sombrías predicciones de los agoreros de derecha. Pero esta semana nos trajo una noticia realmente mala: la gigantesca compañía aseguradora Aetna anunció que se saldría de muchos de los “intercambios”, los mercados de seguros establecidos por dicha ley.

Esto no significa que la reforma esté a punto de venirse abajo. Pero sí están surgiendo algunos problemas muy reales. Son problemas que serían relativamente fáciles de solucionar en un sistema político normal, en el que los partidos hacen compromisos para que funcione el Gobierno. Pero no se van a resolver si elegimos a un presidente despistado (aunque recurriera para pedirles consejo a personas maravillosas, las mejores personas, créanme). Y serán difíciles de resolver incluso con una presidenta conocedora y competentes que se enfrentara a la oposición de un Congreso hostil que practique la política de tierra quemada.

Hasta ahora, las cosas están así: Desde que Obamacare entró en pleno vigor en enero de 2014 han sucedido dos cosas. La primera, se redujo agudamente el porcentaje de estadounidenses sin seguro médico. La segunda, el aumento de los costos médicos se frenó notablemente, por lo que la ley les está costando a los consumidores y contribuyentes menos de lo esperado.

Y por otra parte, las cosas terribles que supuestamente iban a suceder, no sucedieron. La reforma del seguro médico no hizo que se disparara el déficit presupuestal, no solo no destruyó empleos en el sector privado sino que, desde que Obamacare entró en vigor, estos han crecido más rápidamente que en cualquier otro momento desde los años noventa. También hay una creciente evidencia de que la ley ha significado una notable mejoría en cuanto a seguridad médica y financiera para millones, si no es que decenas de millones de estadunidenses.

Entonces, ¿cuál es el problema?

Bueno, Obamacare es un sistema que depende de que las compañías aseguradoras privadas ofrezcan gran parte de su cobertura ampliada (no toda, pues la expansión de Medicaid también es una parte importante del sistema). Y muchas de esas aseguradoras privadas ahora están descubriendo que pierden dinero, pues mucha gente que anteriormente no tenía seguro y que ahora ha contratado pólizas se enferma y necesita una atención médica más costosa de la que habían calculado.

Algunas aseguradoras reaccionaron elevando sus primas, que inicialmente estaban muy por debajo de lo que esperaban los legisladores. Pero otros simplemente se están saliendo del sistema.

En el caso de Aetna, hay razones para creer que existe otro factor: el deseo de venganza por parte de la aseguradora, a raíz de que las autoridades antimonopólicas le negaron una fusión. Esa es una nota importante, pero no es central en el tema más amplio de la reforma del seguro médico.

¿Qué tan grave es el problema?

A gran parte del nuevo sistema le está yendo bien, no solo en la expansión de Medicaid sino también en los intercambios de aseguradoras privadas en estados grandes que quieren que la ley funcione, como California en particular. Las malas noticias afectan básicamente a los Estados que tienen una población pequeña o cuyo Gobierno es hostil a la reforma, en los que la salida de las aseguradoras puede dejar a los mercados sin una competencia adecuada. No le afecta a todo el país, pero sí sería un revés importante.

Sin embargo, sería bastante sencillo arreglar el problema. Parece claro que los subsidios para adquirir seguro, y en algunos casos para las mismas aseguradoras, deberían ser más grandes. Esta propuesta es accesible dado que hasta ahora el programa ha estado por debajo del presupuesto. Y se justificaría fácilmente ahora que sabemos lo mucho que tantos estadounidenses necesitan seguro. Debería de haber también un esfuerzo renovado para hacer que las personas adineradas compren seguro, como lo requiere la ley, y no que esperen a caer enfermos. Esas medidas ayudarían en mucho a volver a encarrilar las cosas.

Más allá de todo eso, ¿qué hay de la oposición pública?

La idea de que el Gobierno pudiera ofrecer seguro médico directamente a las familias fue bloqueada en 2010 pues las aseguradoras privadas no querían enfrentarse a la competencia. Pero, si esas aseguradoras no están interesadas en ofrecer seguro, ¿por qué no permitir que intervenga el Gobierno (como de hecho está proponiendo Hillary Clinton)?

El problema, por supuesto, es el Congreso. Si los republicanos controlan una o las dos cámaras, es muy probable que hagan lo único que saben hacer: tratar de sabotear a un presidente demócrata con su falta de cooperación. A menos que haya una oleada electoral que les permita a los demócratas recuperar la Cámara Baja, o al menos señalar que tienen un mandato arrollador, los arreglos obvios de la reforma del seguro médico van a estar fuera de discusión.

Pero aun así, podría haber cierto margen de maniobra para el poder ejecutivo. Y he estado escuchando opiniones de que los gobiernos estatales podrían ofrecer sus propias opciones públicas; si esto diera resultado, podría convertirse poco a poco en la norma.

Como sea que resulten las cosas, es importante darse cuenta de que, hasta donde podemos ver, no hay nada malo con Obamacare que no pudiera arreglarse fácilmente con un poco de cooperación entre los partidos. Lo único que lo dificulta realmente es el bloqueo ejercido por los políticos que quieren el fracaso de la reforma a toda costa.