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Oligofrenia

  • Pablo Marentes

Pablo Marentes

Hace 27 años, -1989-Francis Fukuyama preguntó urbi et orbi si la Historia había finalizado, fenecido, desaparecido. Algunos tomaron la formulación de la incógnita como una broma. Él explicó que su propósito era anunciar, para que el mundo durmiera tranquilo a partir de entonces, que habían concluido las batallas ideológicas entre el oriente y el occidente; el norte y el sur. El debate lo habían ganado las democracias liberales. El mundo entero pasaba a occidentalizarse. Todo, todo el mundo. El fin de la historia no conduciría a las sociedades de las diversas partes geográficas del mundo a convertirse por ensalzamiento o por ensalmo en saludables sociedades liberales. Lo que acontecería es que ya ninguna se empeñaría en ser la representante de la única forma sublime y definitiva de sociedad humana. Hablo de ideas, aclaraba Fukuyama, no de acontecimientos dirimidos en campos urbanos de batalla, cerca de los edificios que albergan a los poderes económicos, comerciales y políticos emblemáticos de las modernas, eficaces, democracias occidentales.

Cuatro años después -1993- el señor Samuel Huntington publicó ¿Choque de las civilizaciones? –The Clash of Civilizations?- su atronador ensayo en la acreditada revista Foreign Affairs, el cual habría de convertirse poco tiempo después en un voluminoso libro.

Su premisa, que asegura el advenimiento del choque, es que los seres humanos se escinden culturalmente en pueblos o naciones occidentales, islámicas, separaciones culturales determinadas por acervos de valores muy diferentes. No hay civilización universal. Hay bloques culturales, cada uno integrado en torno a muy distintos y opuestos valores. Las naciones islámicas son las que generan mayores discrepancias con el resto del mundo y por lo tanto más dificultades. Su compromiso prioritario es con su religión y con sus particularísimas costumbres familiares, no con las normas e instituciones definidas por sus Estados-nación. Sus culturas se oponen a los ideales liberales de los países de occidente, tales como “el pluralismo, el individualismo, la democracia”. Los musulmanes trazan sus fronteras con sangre. Siempre hay enfrentamientos aunque caigan los viejos y caducos regímenes. Los gobiernos occidentales harán bien en mantener distancia con los gobiernos de raigambre musulmana y con los diversos grupos de sus ciudadanos.

En 2004 –once años después- Huntington advierte a su país y al mundo, del Hispanic Challenge, en un ensayo que publica en abril en la revista Foreign Policy. Revela que los mexicanos han determinado puntos de invasión a lo largo y ancho de Estados Unidos, específicamente dentro de los Estados que antes de 1847 pertenecieron a México. En rigor son los prolegómenos de una reconquista que pone en peligro la historia, la cultura el lenguaje, la identidad y los ordenamientos comerciales, políticos jurídicos y los confines de Estados Unidos.

Las dificultades con Estados Unidos comienzan a partir de que los ciudadanos estadunidenses encabezados por Stephen Austin se convirtieron en los primeros indocumentados cuando llegaron a Texas para solicitar a las autoridades mexicanas que les permitieran abrir al cultivo vastas zonas de tierras feraces. Ese fue el germen de la injusta guerra no declarada que desató la invasión ordenada por James Polk en 1846. Los Trump abundan del otro lado. México debe fortalecerse en lo económico y en lo político. Y de manera sobresaliente en su presencia internacional en los ámbitos jurídicos. Trump está al acecho. No lo perdamos de vista.