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Olimpiónicos

  • Héctor Reyes

Río de Janeiro amaneció fresco, con neblina y actividad olímpica en el aeropuerto Tom Jobin, ya con el arribo de algunos miembros de los equipos nacionales y representantes de los medios de comunicación. Era de madrugada.

La imagen que se ve por los corredores que huelen a construcción nueva es la del velocista jamaiquino Usain Bolt, a través de una de las marcas patrocinadoras de los Juegos.

Una vez que pasamos migración, donde se coteja la información de las personas relacionadas con los Juegos, se bajan las escaleras y del lado izquierdo se encuentra el área de acreditaciones, dónde un grupo de ocho voluntarios realizan el procedimiento final.

De ahí a recoger las maletas y la salida ya con la diferenciación de quiénes forman parte de la familia olímpica, cajas de equipo deportivo o de suplementos como el trasportado por el equipo japonés, los ciclistas de pista de Alemania y Francia con su equipaje que los llevará a la Villa Olímpica o la llegada del sacerdote budista Yonguy Míngyun Rimpoche para realizar sesiones de meditación en el Jardín Botánico, uno de los principales atractivos de Río.

Dentro del anecdotario, en la escala del aeropuerto de Miami con saturación de viajeros, esperé por espacio de hora y 20 minutos para cruzar migración. Bien dicen que no deben cambiar de fila, porque puedes perder el avión.

Las dos horas de intervalo se hacen brevísimas bajo esas condiciones, la seguridad de los aeropuertos en Estados Unidos es un tema donde el tiempo parece detenerse. Luego había que pasar la aduana y una multitud concentrada para salvar el último escollo.

Faltaba media hora para que despegara el avión, la desesperación te invade y la impotencia te hace sudar frío. Al revisar la pantalla, la sala de abordar era la 16 y estaba ubicado lejos del “objetivo abordaje”. Gracias a un conductor de un auto eléctrico me llevó a un rally afortunado. Era uno de los últimos en abordar.

Ya en el avión, el vecino del asiento, un niño de aproximadamente de los 10 años, disfrutó de la cena, pero después se indispuso, hizo malabares con la lata de refresco, el plato de los alimentos y los audífonos mientras veíamos una película, le urgía ir al baño, ya de madrugada el niño tenía el rostro desencajado, con la voz entrecortada, nervioso, me contó que se le había caído su teléfono celular mientras dormía. Era para el chico toda una pesadilla. No terminaba de incorporarme y él se zabulló entre los asientos. Afortunadamente, lo encontró intacto, “el celular es mi vida”, me dijo.

No es todo lo ocurrido en nuestro arribo, faltarían más… Desde Río, con voluntarios, el alma de los Juegos Olímpicos que te reciben con una sonrisa.

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