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Olimpiónicos

  • Héctor Reyes

En la comparecencia de Alfredo Castillo, titular de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte en la Cámara de Diputados, no se alcanzó una disertación del nivel que requiere el deporte mexicano, aunque la propuesta de entrenadores y deportistas fue la más coherente: La unidad entre instituciones, lo que pasó inadvertido por los presentes en la mesa del recinto de San Lázaro. Un llamado a cuentas, donde no estuvieron todos los actores.

Por un lado, la cantaleta de que los atletas son rehenes de las federaciones, los organismos culpables del estado actual del deporte mexicano, porque lo único que han hecho es robar bajo el cobijo de Conade – eso no lo dijo el responsable del deporte nacional – y por eso hay organismos que son o no amigos del gobernante en turno.

Quienes tienen el control de las federaciones deportivas nacionales ostentarán el poder absoluto, son ellas las que tienen el reconocimiento internacional y bajo su régimen son la columna vertebral en el desarrollo del deporte, se quiera o no ver así. Por supuesto, que se atienen a las disposiciones legales y por eso la ley habla de coordinación.

Aquí el problema deriva de un centralismo a ultranza de un órgano de Gobierno que vino a sustituir el deporte conducido por la sociedad, representada por el Comité Olímpico Mexicano, desde su creación hace 92 años y en otro tiempo la Confederación Deportiva Mexicana. El general, José de Jesús Clark Flores, dirigió ambas instituciones y gracias a que era vicepresidente del Comité Olímpico Internacional, trajo a México los mejores entrenadores a través de convenios para los Juegos Olímpicos de México 1968.

Se habla de lo mismo 70 u 80 años después, se deben contratar a los mejores entrenadores como lo hizo China en su momento, la Gran Bretaña también y como lo hace Japón para sus Juegos Olímpicos del 2020, si queremos resultados en el alto rendimiento. Para traer a un entrenador de primerísimo nivel, su salario mensual es de ocho mil euros; si México contrata 28 para deportes olímpicos, hablaríamos de casi tres millones de euros anuales de nómina, al tipo del cambio actual, son 63 millones de pesos, más bonos por resultados, entre otras posibles peticiones.

Se han tenido entrenadores de alto nivel, uno de los que nadie recuerda es el entrenador Jan Bartú, contratado por Ivar Sisniega; los resultados los pueden avalar Horacio de la Vega. Pero, en la siguiente administración no le renovaron el contrato y se fue a Inglaterra, donde ganó el primer título olímpico femenil. Un caso más reciente, lo tenemos con Sergio Valdeolmillos, entrenador que no le renovaron el contratado, porque pidió el equivalente a 50 mil pesos mensuales para continuar al frente del equipo de basquetbol. La Conade, con Mena, indicó que de acuerdo al tabulador no tenían capacidad para cubrir ese salario. El español los demandó por incumplimiento laboral.

México tiene la Escuela Nacional de Entrenadores Deportivos creada hace 30 años y en total abandono por la Secretaría de Educación Pública y la Conade. Con un presupuesto raquítico y pugna de plazas de amigos del director de este organismo, si realmente quieren mejorar el deporte de alto rendimiento, por aquí deberían comenzar, en lugar de tanta palabrería.
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