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Olimpiónicos

  • Héctor Reyes

En 1947,  el pintor surrealista, René Magritte, pintó “Olympia”, un desnudo de su esposa de perfil, recostada sobre una toalla en el césped y de fondo el azul del mar. Ella está apoyada de los antebrazos y tiene las piernas flexionadas. El cuerpo es atlético. Su cabello cae como una cascada de oro, y su mirada se dirige al abdomen donde se ubica un caracol que se arrastra en dirección a los senos.

Diría el escritor francés, George Bataille, en su ensayo “Las Lágrima de Eros” (editorial Maxi Tusquets, abril de 2013), sobre el pintor de origen belga que se adhirió en 1926 al Movimiento Surrealista que, en sus inicios, expresaba el sentido profundo de su pintura: la poesía. Si su erotismo es soberano, lo es en la medida en que es poesía. El erotismo no puede revelarse enteramente sin la poesía.

El título de la obra de Magritte nos remonta a las gestas deportivas que por asociación relacionamos con el tema de interés sobre el erotismo en la vida artística del ser humano: “La cima de la vida, cuya mayor fuerza e intensidad se revelan en el instante – en la victoria deportiva – en que dos seres se atraen, se acoplan y se perpetúan”. Añade Bataille: “Se trata de la vida, de reproducirla, pero reproduciéndose, la vida se desborda, alcanzando, al desbordar, el delirio extremo”.

Esto mismo es el deporte, un delirio extremo de las máximas capacidades físicas del ser humano. El erotismo es lúdico como lo es también el deporte. La belleza física se observa en los cuerpos desarrollados en el ejercicio y se expresan en la competencia. No es fortuito que en los Juegos Olímpicos antiguos los atletas competían desnudos. Las mujeres profesaban deseo y admiración a los vencedores olímpicos.

Es curioso que el ensayista francés, fallecido en 1962, desarrolla la idea que el trabajo se transforma en juego y éste a su vez es seducción y pasión, el juego maravillado, del juego que suspende el aliento y contiene el deseo de éxito: El juego que se opone al trabajo, y cuyo sentido radica, ante todas las cosas, en obedecer los dictados de la seducción, en dar respuesta a la pasión.

En el santuario griego se realizaron los primero Juegos Olímpicos y se ubicaba una de las siete maravillas del mundo antiguo: Zeus, una escultura gigante de oro y marfil, realizada por Fidias. Ahí se enciende cada cuatro años la flama olímpica que simboliza el regalo que hiciera Prometeo a los hombres como un medio de salvación y al robar la sabiduría de las artes, se crea toda cultura y progreso técnico.

El deporte es poesía vital… por eso su arraigo en el mundo moderno, la atracción erótica que festeja la victoria, como el arte de conquistar el fuego reflejado en una medalla o en el pasado una corona de laurel y en el caso de la esposa de Magritte, el ciclo del tiempo, la suma de momentos simbolizada por el artista en el seductor abdomen de su mujer.

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