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Olimpiónicos

  • Héctor Reyes

HACE 45 años aprendí a nadar en la Puerta Tres de la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca. Caminaba todas las tardes de la Unidad Kennedy a la alberca de 25 metros, agua nítida y con un césped perfectamente cuidado por avenida del Taller, dónde vivía el futbolista Hugo Sánchez, en los primeros retornos después de pasar la avenida Nicolás León.

En ese tiempo, no recuerdo si el autobús costaba 30 centavos, a veces lo tomaba para llegar más rápido o a la salida comprarme unos chicles sabor canela para destapar los oídos. Luego a regresar a casa, comer y hacer la tarea. Tenía de compañero de clases al nadador Cesar Sánchez, quien fue olímpico, en Moscú ’80 y Los Ángeles ’84.

Casi todos los lunes, Cesar por el sonido local de la escuela Estados Unidos de América, en la ceremonia cívica era mencionado por sus logros deportivos y académicos, porque era de los alumnos con buenas notas y algunos de nosotros nos motivaron para aprender a nadar y sentir el placer de competir.

No cobraban inscripción, no pedían uniformes y la única exigencia eran trajes de baño oscuros y bañarse antes de entrar a la alberca y luego para quitarse el cloro. No siempre estaba caliente el agua, pero en la infancia esos detalles no importaban tanto. La felicidad se reflejaba en ese gusto por jugar, desde hacer barrilitos hasta entrenar en esas clases de iniciación.

Recuerdo que en esos días gané la única medalla deportiva de mi vida. Nadé a lo ancho de la piscina, me lancé al escuchar el silbato; no sé por qué me paré y tuve que  restregarme los ojos, volví a tomar aire y con toda mi energía me dirigí hacia la meta: llegué en primer lugar y me quedó como único recuerdo un fuerte dolor de cabeza debido al esfuerzo.

El administrador era un joven egresado de la Escuela de Educación Física de nombre Jorge Bravo y lo que son las circunstancias de la vida, muchos años después me lo presentó un amigo en común – su esposa fue atleta del CDOM -, en las tradicionales charlas de café, en Coyoacán.

En alguna ocasión, Jorge  hizo mención de que cómo empezó a trabajar en la Magdalena Mixhuca en 1961, un legado de Jesús Martínez “Palillo” que ahora desaparecerá junto con el Velódromo Olímpico Agustín Melgar, sí construyen el estadio de Cruz Azul.

Al paso del tiempo se dejó de mantener las instalaciones, ofrecer servicios gratuitos y si revisamos la historia se transofrmó en un negocio de particulares con el “consentimiento” de instancias oficiales, para no variar el usufructuo de los bienes sociales.

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