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Olimpiónicos

  • Héctor Reyes

PARA el entrenador Gustavo Osorio el futuro de los clavados es “buenísimo”, México siempre ha estado en el primer plano, más ahora que tienen todos los apoyos, porque en el pasado tenían que conseguir patrocinadores y ver de dónde obtenían recursos económicos, aunque tuvieron el respaldo del IMSS, no era suficiente.

Durante 20 años, la base de la selección mexicana de clavados provino de los programas del IMSS, pero con la llegada de la administración panista se acabaron los proyectos deportivos, los entrenadores emigraron a otras albercas y todavía subsisten algunos deportistas que pertenecieron a esa institución, entre ellos: Yahel Castillo, Jair Ocampo, Julián Sánchez y Arantxa Chávez.

Todavía Paola Espinosa y Rommel Pacheco llegaron de Baja California y Yucatán, para entrenar con Jorge Rueda y Gustavo Osorio. Luego se creó el proyecto para los Juegos Olímpicos del 2000 dirigido por Francisco Rueda y entonces quedaron bajo sus órdenes.

Gustavo, junto con Jorge Carreón, responsable de los clavados de la Federación Mexicana de Natación, trabaja en un Programa Nacional de Clavados con la participación de todos los entrenadores del país, con la experiencia del pasado y las propuestas de crecer hacia el futuro.

El entrenador de Jalisco Iván Bautista se formó en la Unidad Morelos (CAAAN) y Jorge Carreón en la Unidad Cuauhtémoc; en esa misma escuela estuvieron por espacio de una década Salvador Sobrino, actual entrenador nacional de Australia y Francisco Rueda, ahora responsable de los clavados en Colombia, después de abandonar el proyecto de León, Guanajuato.

Medio siglo de vivencias dentro de los clavados, “un cáncer que no se quita”,  exclamó Gustavo Osorio de sangre veracruzana y tabasqueña, tras expresar que se siente feliz,  porque desde el principio se enamoró de este deporte.

“Tuve cosas bien bonitas, creo que el 99% de lo que hice se lo debo a los clavados y… decir que he estado en lo que amó, me divertí, me pagaban, conocí muchas partes del mundo y todavía me mantengo ahí: Qué más le puedo pedir a la vida”, manifestó Gustavo,  con una voz emocionada, entrecortada, con el suspiro del tiempo, lo único que no perdona.

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