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Omara, París… / Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

Majestuosa, vestida de rojo y lentejuelas, entró al escenario ayudada de uno de los músicos, incapacitada para caminar, sobrada para hacer lo que ha hecho toda su vida: cantar.

Cantarle a la vida que le (nos) ha dado tanto, la Portuondo cercana a los noventa, con un marido bastante más joven vestido maravilloso de pachuco, de músico cubano, de persona plena de alegría. La gira del “adiós” del Buenavista Social Club, ese grupo de “viejitos” que se pusieron de moda rescatados por un productor norteamericano, era un espectáculo pleno de nostalgia y plenitud.

Música, canciones que trascienden la edad. Que le ganan la batalla al peor enemigo, al cabrón tiempo que todo derrota.

Festejar, festejar, festejar lo que somos, latinos, cachondos, fiesteros a perpetuidad.

En París un grupo de enfermos mentales, de gente sin amparo de Dios pese a lo que proclaman, asesinaron a quienes, como los espectadores de Omara, habían salido a beber, a comer, a celebrar en la noche del otoño. Sin sentido alguno, porque no ha habido una declaración de guerra, asesinaron a jóvenes que no la debían, y sobre todo no la temían.

Mucho, tanto, cambió esa noche de sangre innecesaria. El luto de la ciudad que siempre será una fiesta, es una noche negra que invade nuestros sueños a perpetuidad. La libertad, la diversión perdió su inocencia.

Difícil entender las razones, si es que puede haberlas de quienes mataron en nombre de su Dios. Ya correspondió al papa Francisco afirmar que ninguna violencia puede justificarse en una religión.

La cultura de la seguridad se rompió de una forma tan violenta como absurda. Y las víctimas cayeron sorprendidas, sin entender qué sucedía, por qué sonaban balazos como en las películas. Sin comprensión, sin antecedentes, no pudieron, no supieron protegerse. A diferencia de lo que hemos aprendido, en la violencia cotidiana, no escucharon las balas como tales.

Nada será igual. Y las víctimas somos todos, ciudadanos del mundo, madres y abuelos de quienes tienen derecho de divertirse.

El Presidente francés entendió la emergencia, y precisamente por eso, declaró un “Estado de Excepción”, una guerra, una respuesta violenta y ordenada al ataque. Los terroristas, los señores uniformados, armados y dispuestos a inmolarse respondieron con amenazas.

La batalla, muy simple, gira alrededor del derecho a la libertad, a festejar, a la vida.

En el escenario Omara bailaba. Porque eso ha hecho toda su vida, bailar. La mujer que a duras penas puede caminar, bailaba. Y eso era un canto a todo lo humano. Bailar, cantar, soñar, pensar que es posible, que el tiempo puede vencerse.
En Tuiter: @isabelarvide

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