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Omisión tras omisión

  • Benjamín González Roaro

En los últimos meses hemos visto la acumulación de escándalo tras escándalo, que lo único que muestra es todo lo que se dejó de hacer y todo aquello que queda por hacer.

Los ciudadanos aún no terminamos de procesar el estallido de un problema, cuando en los días siguientes surge uno nuevo.

En semanas recientes, nuevos temas han hecho crisis:

El tema del “robo de combustible” dejó de ser una cuestión local para convertirse en un asunto de atención nacional. Esto no solo es consecuencia de la extensa red de corrupción que involucra a diversos actores, también es producto de la desidia e inoperancia de los gobierno federal y local, que durante mucho tiempo dejaron crecer las cosas hasta que, literalmente, terminaron por explotar. ¿Alguien podrá entender por qué hasta hoy se les ocurre que hay que intervenir fiscalmente a las gasolineras, donde se distribuye el combustible robado?  

El asesinato del periodista Javier Valdez nuevamente puso sobre la mesa la vulnerabilidad que viven quienes se dedican a esta tarea. De acuerdo a la información que se maneja en medios de comunicación, en poco más de dos meses, han muerto seis periodistas.

Se trata de una “crisis del periodismo”, puesto que lo ocurrido busca amenazar o ejecutar a quien, de manera profesional, decide dedicarse a la labor de informar y denunciar asuntos relacionados con el crimen organizado y el narcotráfico.

Por si algo más hiciera falta, tenemos la cuestión “ambiental” que también ha hecho crisis en la Ciudad de México. Tantos y tantos días de contingencia solo revelan el fracaso de las políticas en la materia a nivel federal y local, así como el desinterés para atender un asunto que tiene que ver, nada más y nada menos, con la calidad del aire que respiramos los habitantes del valle de México.

En mi colaboración anterior señalaba que, el tema de la inseguridad que nuevamente tiene sometido al país y el de los dos millones más de mexicanos que recientemente pasaron a formar parte de las estadísticas de la pobreza, afectan de manera directa el bienestar de la sociedad y que ambos problemas se agudizan cada día más y más.

Estando así las cosas, lo que me interesa destacar es que el escenario nacional se está sobrecargando de una infinidad de frentes abiertos, pero que en conjunto configuran una crisis de las instituciones, de liderazgo, de acuerdos, de políticas públicas y de eficacia en la conducción en todos los niveles de gobierno.

Nos encontramos ante un gobierno federal y gobiernos locales -en el caso de la CDMX- rebasados y sin capacidad de respuesta, que ante el estallido de alguna crisis intentan sofocar el fuego con acciones cosméticas y coyunturales, pero que no han demostrado ni el compromiso ni las ganas de ir a fondo en la solución de los problemas que les competen.

No se puede gobernar con discursos que solo evaden la realidad; lo que estamos viviendo es la síntesis de omisiones, de la irresponsabilidad de dejar pasar estos asuntos porque una intervención significaría desgaste político y cancelación de proyectos personales.

Mientras esto sucede, el gobierno federal concentra amplios recursos para ganar, a como dé lugar, la elección en el Estado de México, mientras el Jefe de Gobierno por su parte, anda ocupado con sus aspiraciones presidenciales.

Presenciamos un estilo de gobernar en donde quien paga las consecuencias de toda esta indolencia, es la sociedad, únicamente.