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Oratoria y política

  • Raúl Carrancá y Rivas

Son muchos los que no entienden la relación entre la palabra hablada, oratoria, y la política como realidad concreta y consecuencia evidente de aquélla. En rigor se trata de un binomio, palabra hablada-acción política. Desde luego la oratoria se concreta en distintas formas como por ejemplo la cátedra, el discurso, la disertación, la conferencia, el sermón.

Sin embargo, el discurso político suele mover al mundo de acuerdo con las circunstancias y ocasión. La historia universal no registra grandes cambios políticos sin que hayan sido precedidos por la palabra hablada. E incluso voy más lejos: la cátedra y la disertación universitarias son con frecuencia la semilla que germina y crece en la palabra política, o sea, que hay una estrecha relación entre la universidad (conciencia de la República) y el discurso político susceptible de volverse acción política. En síntesis, el verdadero discurso político se alimenta de ciertas áreas del pensamiento humanista universitario, preferentemente humanista, salvo excepciones.

Ahora bien, es de sobra sabido que la oratoria es el arte de hablar con elocuencia, deleitando, conmoviendo o persuadiendo. Pero dicho lo anterior es imposible ignorar al sujeto pasivo de la palabra que es el lector o el auditorio. El concurso de oyentes siempre ha sido fundamental en el arte de la palabra y en la misma retórica. De hecho no hay orador sin auditorio ni tampoco viceversa. Un ejemplo dramático en la primera mitad del siglo XX fue el auditorio alemán escuchando la palabra de Hitler, o el auditorio italiano la de Mussolini.

En otro espacio, y guardando las debidas proporciones, lo fue el oyente inglés, atento a la oratoria electrizante de Churchill. Los dos primeros eran auditorios condicionados por una idea devastadora: la superioridad de una raza. Lo grave aquí fue el condicionamiento del oyente, anulando su libertad de razonar. Los ingleses, en cambio, fueron víctimas de un azote racista, de una xenofobia nietzschiana mal digerida, a la que se opuso la palabra deslumbrante de Churchill.

Hoy el mundo por desgracia, y en especial México, vuelve a oír la palabra escandalosa de un atrabiliario, destemplado y violento pseudo orador: Trump. Ya hemos reflexionado acerca de cómo oponerse a esa voz que está fuera de tiempo, aunque peligrosísima (urge recurrir inmediatamente a la ONU y a la Corte Internacional de Justicia). Sin embargo la oposición inicial no puede ser otra sino lo opuesto de esa voz escandalosa, de esa verborrea fatídica. Me refiero al auténtico discurso político, prenuncio sin duda de una acción política. Esto es vital, rememorando páginas ilustres de la historia nacional y universal. Por eso es tan importante y hasta trascendente conmemorar el Día Nacional de la Oratoria, que se lleva a cabo el primer viernes del mes de marzo a partir de un decreto expedido por el Presidente de la República hace dos años, previa aprobación unánime del Congreso de la Unión, y a iniciativa del periódico El Universal y de la fundación Ealy Ortíz A.C. Hoy como nunca antes, y abrevando en la fuente de nuestra tradición más pura, México necesita el real y efectivo discurso político aprendido en las lides de la palabra y no en las trampas de la improvisación. Y yo pienso al respecto que la Universidad tiene el gran compromiso de promover e impulsar el arte de la oratoria y de la retórica, sobre todo en el campus de las humanidades, incluido obviamente el Derecho, sin la menor concesión a las sofisterías que son enemigas de la verdad y de la justicia. No hay duda de que la palabra precede a la acción y de que ésta sin palabra es una forma vacía de contenido, un modo o manera de engañar.
@RaulCarranca

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