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Orejas

  • Catalina Noriega

El destape del espionaje a periodistas y activistas sociales, no es novedad. Desde la prehistoria, los sucesivos desgobiernos lo ejercen, sin que hubiera un cambio cuando tuvimos la alternancia.

Recuerdo, hace ya unos 30 años, a una jovencita que conocí. Trabajaba para Gobernación –por supuesto en una oficina clandestina-, escuchando y transcribiendo conversaciones telefónicas. Me comentaba que era del asco estar tantas horas pegada a una bocina,  cuando, en la mayoría de las pláticas que oía, solo se hablaban frivolidades y tontería y media.

Eran los tiempos en los que, quienes desde la oficialidad querían meter las narices en la privacidad, de otro político, de cualquier contestatario, de periodistas, de empresarios y líderes partidistas y sindicales (de los más recurridos), utilizaban a los conocidos como “orejas”.

Los extraños personajes se apersonaban en los cafés concurridos por “la crema y nata”; se sentaban en la mesa de junto y “paraban la oreja”, mientras tomaban nota de la plática de los “espiados”. La mayoría tenían aspecto de empleados de funeraria y se les identificaba a la primera.

Solían ser agentes de la entonces atemorizadora “Dirección de Seguridad (el nombre era más largo y enredado). Había colegas, a los que, al verlos les temblaban las piernas. Otros se reían y se limitaban a bajar la voz. Daban miedo, puesto que entonces te detenían sin mediar orden ninguna y podías caer en una de las tantas mazmorras, en las que, después de la tortura el más inocente se declaraba culpable.

Común el que llegara, a casa de los prospectos de escucha, un trabajador de Teléfonos, a “checar” los aparatos. Incrustaban micrófonos en los auriculares.

La tecnología avanzó y a estos siniestros personajes se les sustituyó por aparatejos sofisticados, que cumplían mejor con la función de “saber por dónde andan tus amigos y tus enemigos, qué les ronda por la cabeza” y demás sandeces propias de las telarañas mentales de los “grillos”. Aquello de que la “información es poder”, se lo toman “a pies juntillas”.

En plan de gran innovación, aparece el tal “malware” Pegasus, creación israelí, propiedad de NSO Group. Si la Mossad es el órgano de inteligencia de los más avezados del mundo, es lógico que en su territorio haya compañías modelo, en la invención de estos “juguetitos”. Lo grave es que husmeó a activistas sociales y periodistas aztecas, aunque ahora ya hay denuncias de Acción Nacional, en el mismo sentido.

Hay quien afirma que la compra de este carísimo equipo (ochenta y tantos millones de dólares), la hizo Genaro García Luna, a su paso por la administración blanquiazul. Poco extrañaría: García Luna surgió de las filas del Cisen (Centro de Inteligencia nacional), es ingeniero de profesión y sabueso de tiempo completo.

Fuera él o sus sucesores, ahora usaron el adminículo, para hurgar en la intimidad de personajes con derecho a total privacidad (inherente a todos).

La indignación, por el artículo del New York Times –quien lo dio a conocer- ha sido apabullante. Se exige una investigación a fondo, que dé con los culpables y su inmediata renuncia y sanción judicial.

¿Se puede creer que la casta divina se va a delatar y declarar culpable? Ni duda cabe que están involucrados, desde el momento en el que, este instrumento solo se vende a gobiernos, para intervenir a delincuentes de ligas mayores.

Otro golpazo, a nivel nacional e internacional, al régimen en turno. ¿Y las pesquisas?, una tomadura de pelo. Encima, osan discursear sobre la democracia.
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