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¿Orgullo? | Punto de Vista | Jesús Michel Narváez

  • Editoriales

Desde hace un buen tiempo, las remesas se consideran como un atenuante de la pobreza en las zonas de las cuales parten quienes las envían desde Estados Unidos.

Mes con mes, el Banco de México informa del comportamiento de los dineros que miles, millones de compatriotas que dejaron el suelo patrio para obtener un empleo, mandan a sus familiares. Se estima que cada uno hace llegar a sus hogares 300 dólares cada 30 días. El dato conocido ayer llama la atención: 17 mil 624 millones de dólares. Cifra que corresponde a las remesas de este año y que representan 5.86 mayor a la de 2014.

Para muchos políticos y analistas, el hecho debe considerarse como un éxito de la “calidad de la mano de obra mexicana”. Pocas son las voces que se alzan para señalar que en lugar de orgullo debe ardernos el rostro. ¿Por qué? Porque en México existe la incapacidad de crear los empleos suficientes y bien pagados para evitar la migración.

Se dirá que desde los años cincuenta se estableció el programa de los “braceros”, que no eran otros que aquellos hombres que sabían pizcar el algodón, recoger las hortalizas y sembrar maíz. Hoy, aunque muchos se dedican a lo mismo, otros tantos son lavaplatos, mozos, jardineros, lavabaños etcétera.

Son empleos que, diría el ínclito “alto vacío” que “ni los negros quieren hacer”, pero que en México se dan al por mayor y aquí nadie los contrata. Es verdad que en algunos Estados como Zacatecas, Michoacán, Guanajuato y Oaxaca, por citar algunos solamente, la migración es una “cultura de generaciones”.

Sin embargo, ser la segunda fuente de ingresos provenientes del extranjero no debe hacernos sentir orgullosos. ¿O sí?

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