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Orlando y Coxcatlán

  • Rosamaría Villarello

Rosamaría Villarello Reza

Hay actos de odio de cualesquiera clases cuyas consecuencias tienen el mismo fin: transgreden a toda la humanidad. Las dos transcurridas en este fin de semana: la masacre perpetrada en el bar Pulse en Orlando, Florida, donde un hombre mató a 50 personas, no difiere sino en el número de los asesinados en Coxcatlán, Puebla, con saldo de 12 muertos. Las causas son las mismas: abominación, venganza, fanatismo, sectarismo. Las armas utilizadas las mismas, salvo que una sucedió en Estados Unidos y la otra, en una población paupérrima de México, en Puebla.

Hay un factor que une a ambos hechos: motivos religiosos -como ya ha sucedido en diversas ocasiones- como la de seguir los preceptos de los llamados líderes sectarios que desprecian a todos aquellos que no comparten las mismas creencias; aunque no se podrían deslindar de otras explicaciones como la de “aborrecer” a una parte de la población por sus preferencias sexuales, como según declaró el padre del multihomicida atacante de los frecuentadores del bar, o por represalia contra una comunidad cristiana.

Si se profundiza un poco más, la manipulación se da entre grupos y personas cuyos resentimientos son parte de esa descomposición de pueblos y sociedades en las que están  implícitos aspectos políticos. En el caso del grupo náhuatl no va a faltar quien argumente que es por la existencia de un Estado fallido y por no poder contener ese tipo de actos. Pero en el caso de lo acontecido en Orlando, se percibirá, así mismo, como un acto de terrorismo contra el Estado, contra el capitalismo; en la efervescencia de las campañas por la Presidencia de Estados Unidos.

No ha faltado tampoco que se interprete como un acto terrorista que a lo mejor debería haberse llevado a cabo en Europa pero que, ante las medidas de seguridad implantadas por la Eurocopa, quien o quienes lo planearon, fuera de aquél continente, escogieron a Estados Unidos por la mayor repercusión que tendría, como así ha sucedido: en el corazón de la lucha antiterrorista. No es descabellada esta posibilidad, sobre todo cuando también Estados Unidos es punto obligado de atención, por ser la sede de otra justa deportiva: la Copa América.

Lo que no se entiende es el por qué otra vez se tenía ya en la mira a un fanático desde hace tiempo, según las autoridades norteamericanas, y no se le vigilaba como a tantos otros; y hoy decir, ya pasada la tragedia y de haber tantos testigos de su peligrosidad pública y hasta en el seno de su familia, que se tenía su registro como probable terrorista.

En fin. Este hecho pasará más bien a la historia como un acto contra la población homosexual y como bandera por sus derechos. Por eso mismo debería de tomarse muy en cuenta sobre todo por aquellos, como determinados representantes de la Iglesia católica, que ve en ese acto la justicia divina y que participa en la política azuzando a la población a no votar por candidatos o gobiernos en México que apoyan las uniones igualitarias. Pero no dicen nada de lo acontecido en Coxcatlán: aquí prefieren callar.