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Otoño en París | Snob | Oscar Valdemar

  • Snob: Oscar Valdemar

¡Hola desde París! Cada año esta histórica ciudad es sorprende, año con año que emprendo este viaje me encuentro con muchos cambios dentro de la capital francesa. Evidentemente sus edificios históricos continúan erguidos en todo su esplendor pero un detalle que si ha cambiado es justamente la gente. Al día de hoy, París se ha convertido básicamente en un satélite de China, no solamente las calles están inundadas de turistas en las zonas típicas sobre el Sena o en los Campos Elíseos ¡Qué decir de Galerías Lafayette! Que en tan solo un par de años pasó de tener compradores chinos a tener ahora en 90 por ciento empleados de dicha nacionalidad, sin contar que integraron módulos especiales para facilitar dinero en efectivo, retorno inmediato de impuestos y casi, casi, que oficina del embajador en el icónico edificio de Haussman. Para nada es una crítica, simplemente que, siendo honestos, no ha sido la parte más educada de dicho país asiático la que se encuentra ahora dominando el mercado francés. Incluso, al salir a caminar a otros barrios de París, donde uno pensaría estar a salvo del olor a curry ¡Pum! Ojitos rasgados por doquier. Incluso en el octavo distrito, donde se encuentran las casas fundadoras de la alta moda de Europa y por ende, del mundo; me refiero a la calle Georges V, donde Cristóbal Balenciaga instalara su “attelier” y que al día de hoy continúa como oficinas principales de la firma, lo mismo sucede con la casa de Givenchy y Saint Laurent. Definitivamente París ha cambiado, se ha “asitatizado” si es que existiera esa palabra o si no ¡Ya la inventé! El motivo principal de esta dominación asitática tiene que ver con la manufactura, pues recordemos que China es la fábrica del mundo, pero dinero no da necesariamente educación, y desgraciadamente así sucede con la mayoría de los habitantes del país del dragón, sobre todo, con los que están migrando a Europa. Pero por fortuna, muchas casas francesas continúan con gran parte de la tradición galesa y están realizando otros esfuerzos por transmitir y expandir el buen beber, comer, vivir y sobre todo, vestir; tal es el caso de Petit Bateu, que desde 1893 elabora prendas que han sido usadas por las principales familias de Francia. La firma que comenzó en Troyes revolucionó la ropa, sobre todo la infantil al inventar distintas prendas que fueron adoptadas a nivel global, casi de forma inmediata como los “bodys” para bebe. El uso de nuevos materiales en Europa dirigió a la firma francesa directo a la sofisticación a través del terciopelo. En la década de los 70, lanza su diseño “mil rayas”, que al día de hoy es distintivo, con ese toque de frescura y comodidad que hacen imaginar ipsofacto a aquellos días solares en St. Tropez o Marsella. Su tienda más hermosa es sin lugar a dudas la ubicada en Champs Elysées, abierta en el año 2000 y que recibe a miles de visitantes anualmente y esparciendo ese estilo francés encantador. Pero la evolución no ha terminado ahí, sino que, al día de hoy y después de abrir boutiques en Londres o Nueva York, la firma del “pequeño bote” llega a México para consolidar su expansión hacia toda América Latina, con nuestro país como “punta de lanza”. Tuve oportunidad de conversar personalmente con Philippe Blanquet, director de exportaciones y me compartió que están muy emocionados por la llegada de Petite Bateau a México. Si bien, muchos mexicanos viajamos constantemente a París y adquirimos los productos de la firma (En mi caso, para mis sobrinos), es una gran ventaja poder adquirirlos ya en nuestro país, lo cual también es un halago, al coincidir con Philippe sobre la importancia de México dentro del mercado Latinoamericano.

PHILIPPE BLANQUET, director de Petit Bateau.

¡Bienvenida Petit Bateau! Después de describirles mi sentir al respecto de los chinos en París, que para nada espero se tome como una crítica despectiva, sino a un “ojala se fusione lo mejor de ambas culturas y se supere la disparidad social”, que hace sufrir un poco la belleza de las calles que vieran nacer a Moliere. A quien por cierto, tuve oportunidad de visitar su tumba en este otoño maravilloso que por días se vivía en París, sobre todo, cuando repentinamente salía el sol en todo su esplendor, para iluminar al máximo los cobrizos de los arboles en cada rincón de la ciudad. Terminar por el cementerio de Père-Lachaise fue fortuito, ocurrió este domingo mientras salí a Notre Dame, esperé a ese día para coincidir con una de las misas, para posteriormente continuar mi caminata matutina por el Sena hacia la Bastilla, el sol en todo su esplendor invitó el domingo a locales a salir a sentarse en las bancas y banquetas alrededor, para disfrutar de los últimos días soleados del año en Europa. Chicos en patineta, bicicletas, familias completas caminando o jugando pelota en los parques alfombrados de hojas rojas y quebradas que recordaban la cúspide de la estación. La caminata se prolongó mientras escuchaba la música de Zaz, cantante francesa que fusiona el estilo local con el gypsy jazz y rinde un homenaje a París en uno de sus discos homónimos al nombre de la capital de Francia. Repentinamente, descubrí sitios de los que me habían hablado aquellos amantes de París, especialmente mi querida Annis Sánchez, con quien comparto lugar en el comité del Centro Cultural Veracruzano de la Ciudad de México. Una de las recomendaciones que me dio fue ir la plaza de los Vosgos, y sin buscarlo, pues tenía planeado ir posteriormente, me topé con ese sitio mágico donde viviera uno de los más destacados dramaturgos franceses: Víctor Hugo. Esta zona, empapada de familias netamente francesas, pocos turistas extranjeros ¡Y no chinos! Me pareció fascinante. Entrar al hotel de Sully fue una experiencia casi mística, con sus muros tupidos de vegetación en transición de color y exposiciones artísticas en sus jardines. Las múltiples boutiques de arte ubicadas en esta zona, atraen a un selecto público que gusta de sentarse en un café a escuchar la música de violines que artistas independientes comparten en las pequeñas calles medievales. Antes de partir a París, cruzó por mi cabeza el pensamiento de que quizá sería lindo visitar nuevamente uno de los cementerios, fuera a Montparnasse donde se encuentra don Porfirio, o a Père-Lachaise, donde Edith Piaf. Repentinamente me topé caminado por la avenida Republique, que da directamente al cementerio. El atardecer estaba en su cenit y desde la colina con vista al oeste la ciudad lucía magnífica, estaba adornado en su totalidad por colores otoñales desde las ramas y hasta los pisos de piedra y tumbas que nos recuerdan lo temporal de esta realidad. Desde París, à bientôt.

/arm