imagotipo

Paisaje. Patrimonio e identidad

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Es la presencia humana la que crea el paisaje, dice Consuelo Fernández, una de las curadoras de la exposición “Paisaje. Patrimonio e identidad”, que culminará el domingo 21 de mayo en el Museo Franz Mayer. En efecto, sin la mirada, la sensibilidad y el arte de todas las culturas del mundo, existirían solamente los territorios. La pintura mexicana del siglo XIX descubrió los paisajes del país, con su gente, sus construcciones, sus animales y cultivos tradicionales.

La muestra, que comienza con el ocaso de la Colonia, recorre los paisajes rurales y los urbanos, bulliciosos, pero todavía no caóticos.
LA CAPITAL INSÓLITA Y SUS ALREDEDORES

La ciudad de México, contradictoria mezcla de opulencia y precariedad, fue uno de los motivos constantes para los pintores. Aún Alejo Carpentier no escribía sus reflexiones; sin embargo, aquella capital era el imperio de lo real maravilloso. “Plaza Mayor”, un óleo sobre tabla de Carlos París, con su perspectiva naif, es la crónica de lo inverosímil, pero verdadero: frente a la misma catedral que hoy se levanta a unos pasos del metro, rueda un carruaje descubierto, con cochero y lacayos, tirado por cuatro caballos blancos, precedido de tres dragones. Transporta a dos desconocidos personajes, sin duda poderosos, sobre un empedrado invadido por pasto silvestre. No muy lejos, dos clérigos charlan, un mocito andrajoso carga un beliz y un grupo de viandantes, con mercancías y equipajes en el suelo, parece aguardar la diligencia.

Los artistas plasmaron un Zócalo por el que transitaban los arrieros con sus recuas, los pastores con sus rebaños, los militares de uniformes napoleónicos, los acaudalados en sus coches, los cargadores y algún jinete desmontado por su corcel remiso. Se despierta el deseo de abordar una máquina del tiempo y deambular por aquella capital.

Los artistas salieron también de las ciudades, para encaminarse a los cerros y volcanes nevados que, en aquellos entonces, alcanzaban a mirarse desde las calles. Tanto los pinceles anónimos del ocaso colonial, como los del hidalguense Nishizawa, captaron la luz del altiplano y del trópico. José María Velasco ascendió a la Sierra de Guadalupe para plasmar la capital completa, con sus campanarios, con el cielo reflejado en los lagos del oriente y los volcanes, nevados titanes del horizonte. Muchos otros paisajistas recorrieron, con sus materiales a cuestas, los caminos de herradura.

Los artistas extranjeros, como el italiano Eugenio Landesio, maestro de Velasco, siempre participaron en aquellos quehaceres. Al alemán Augusto Löhr le tomó dos años pintar “Nevado del Iztaccíhuatl desde Amecameca”: entre el cielo azulísimo, matizado como un zafiro por los flotantes velos de nubes, se asoman las cumbres inconfundibles del volcán con silueta de doncella dormida, que reina entre las peñas, caídas de agua, cedros, zacates y manzanillas.

El inglés Daniel Thomas Egerton plasmó a un campesino en su labor de extraer el aguamiel de los magueyes, tan abundantes en otros tiempos. El danés, Paul Fischer, retrató al Canal de la Viga, con sus lugareños vestidos de manta, sus trajineras rebosantes de calabazas, sus casas de adobe, sus sembradíos, y a lo lejos, el Popocatépetl. Hoy, con el canal extinto y sepultado bajo toneladas de ciudad, aquel paisaje semeja el paraíso del que salieron expulsados Adán y Eva.

La visita a la exposición resulta, en sí misma, una toma de conciencia respecto a cuánto daño le ha infligido el supuesto progreso al planeta.

Tal es uno de los propósitos manifiestos de “Paisaje. Patrimonio e identidad”, llamarnos a comprender lo que hemos perdido, valorar lo que aún se conserva y protegerlo, antes de que todo sufra el mismo destino que el Canal de la Viga.

DON FRANZ, ANTES QUE FIGUEROA

El propio fundador del museo, don Franz Mayer, le dedicó muchos años, esfuerzos y recursos, a la fotografía de paisaje. El director de la institución, Héctor Rivero Borrell, comenta que don Franz Mayer no se consideraba un profesional, sino un aficionado, pero hoy queda muy claro lo contrario: “don Franz es quien empieza a coleccionar fotografía cuando a muy pocos se les había ocurrido”.

Los libros y revistas de fotografía del coleccionista, junto a otros documentos, constatan que la fotografía nunca fue un pasatiempo para él, sino una pasión: “Don Franz regaló sus cámaras, seguramente cuando ya no podía salir al campo, pero conservó las imágenes y los negativos; también las facturas, por eso podemos darnos cuenta de que era un fotógrafo serio y comprometido. Las facturas son de película fotográfica, papel; tenía un cuarto oscuro”, explica Héctor Rivero.

La calidad de sus fotografías del señor Mayer es uno de los hallazgos de la exposición. Sus paisajes en blanco y negro expresan una mirada pictórica, con unas composiciones académicas, pero modernas, que se basan en la fuerza de los objetos cercanos a la lente y la profundidad de campo.  “El Iztaccíhuatl desde Los Remedios” (1930) retrata en primer término dos magueyes a contraluz, cuyos alfanjes vegetales enmarcan el campo y la neblina de la que emerge el volcán, como el tendido fantasma de una dama encantada. Franz Mayer experimentaba así con el paisaje mexicano y creaba mundos enigmáticos, no se limitaba a tomar imágenes “bonitas”. Nunca fue un simple aficionado.

Muchas de sus imágenes, como las del Popocatépetl visto desde un caserío, o bien, resplandeciente entre oyameles, canales y milpas, recuerdan el trabajo de Gabriel Figueroa en el cine; Rivero Borrell aclara que se ha constatado la anterioridad cronológica de la obra legada por Mayer.

El sol poniente alumbra el Lago de Pátzcuaro, con las redes pescadoras tendidas a contraluz, en otra imagen de la muestra. Al paisaje de Pátzcuaro y Janitzio, años más tarde, lo llevaron a la pantalla Emilio “Indio” Fernández y Figueroa, con María Félix como una joven a quien la belleza solo le acarreaba la dureza de su padre, la envidia de las mujeres y el acoso de un fuereño despótico.

Durante siglos, el agua abundaba en la Cuenca de México, y los paisajistas dejaron constancia de ello, como el tardío impresionista campechano Joaquín Clausell, representado en la exposición con un óleo de canales y oyameles. Muy posiblemente se trate de Xochimilco, tal vez de Tláhuac, de Mixquic.

El enigmático zacatecano, Severo Amador, (1879-1931) también plasmó el paisaje lacustre, con sus acuarelas que recrean los canales xochimilcas. Dos de ellas se pueden ver en el Franz Mayer.

No faltan Raúl Anguiano con su “Paisaje de Guanajuato”, ni Raymundo Martínez con su óleo “Volcanes muertos”. Ambos cuadros recrean el territorio agreste que define a una gran parte de México. Especialmente, el óleo de Martínez expresa una visión cósmica, su paisaje pudiera pertenecer a un planeta lejano, imaginado por los astrónomos, pero sus volcanes extinguidos ostentan cicatrices de labranza y limitan los campos de labor, que se apretujan entre la orografía reseca.

El Doctor Atl está presente con el joven Paricutín, el volcán que los ojos humanos vieron nacer y que arrojaba lava, fuego, humaredas, en tierras michoacanas. “Rayos de sol” es otra de las obras de Murillo en la exposición.

“Paisaje. Patrimonio e identidad”, con las colecciones de SURA y el Franz Mayer, propone un acercamiento a la naturaleza a través del paisaje, con sus 87 obras, seleccionadas por las curadoras Consuelo Fernández y Sylvia Márquez.

Recuerde que la exposición terminará el domingo 21 de mayo. El Museo Franz Mayer le espera en Avenida Hidalgo 45, Plaza de la Santa Veracruz, muy cerca de la estación del metro Bellas Artes. Martes a domingo de 10:00 a 17:00 horas. Entrada, $50.00 para el público en general, $25.00 adultos mayores, estudiantes y maestros con credencial vigente. Los menores de 12 años entran gratis.