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Palabras / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Ralph Waldo Emerson aseguraba que la contemplación nos conduce a la esencia de las cosas. Y la intuición nos sitúa en el éxtasis que nos producen sus esencias. Sus contemporáneos lo calificaron como trascendentalista. El presidente Lincoln lo consultaba. Y mucha gente iba a sus pláticas. Un día le dijeron que entre el público se encontraba una asidua asistente: una modestísima vendedora de frutas y legumbres. Al concluir Emerson fue a saludarla. ¡Qué bueno que sea usted aficionada a la filosofía!  No, no, nada de eso. Lo que usted dice es demasiado elevado. A mí me gusta oírle porque nos habla como si todos fuéramos inteligentes.

La anécdota la completó alguna vez Fernando Savater cuando afirmó que la tarea ineludible del hombre que ha cultivado su inteligencia, es tratar a todos los hombres y mujeres que se le acercan como hombres y mujeres que han cultivado su inteligencia también. Un hombre que piensa, no pretende hipnotizar, intimidar o seducir a quienes lo escuchan. Se propone estimular la inteligencia de cada quien para que comprendan y procedan a evaluar y criticar lo que haya dicho. Eso es precisamente lo que no hacen los que se denominan a sí mismos políticos.  Ellos, los actuales, los candidatos omnisapientes, lo que se proponen es apabullar, con frases hechas, a quienes asisten a las reuniones que les promueven sus ayudantes-consejeros de los secretos efectos de la retórica falaz. Quieren conquistar a los miembros de sus auditorios con sus dramáticas entonaciones, sus impecables atuendos, con sus combinaciones de colores, con ademanes que permiten lucir sus ofensivos relojesy someterlos a lo largo de sus seductoras actuaciones.

Para cautivarlos se disponen a incidir en las emociones, penetrar en el entendimiento mediante halagos, estímulos primarios para precipitar el amoroso entusiasmo o los propósitos de revanchas justificadas en el momento en que la muy ensayada estrategia oratoria produce sus irresistibles efectos.

Confían en que los efectos se darán porque les han entregado mucho dinero de los contribuyentes a sus eficaces asesores en retórica sonora y a sus maestros del ademán oportuno y la entonación irresistible. Y no se diga del infalible empleo de palabras de nuevo cuño o recién adquirido significado, útiles para negar la realidad. En México –o en los Estados Unidos de Trump— ya no hay problemas. Solo hay temas, o ¡salidas!: issues. Y hay amenazas irresistibles que solamente con soluciones titánicas es posible enfrentar: una muralla de acero y concreto que recorra miles de kilómetros de una frontera que solo los mexicanos se atreven a cruzar. Los problemas se resuelven con soluciones ¡sustentables, incluyentes!, sin que se indique cuáles van a ser los cimientos que sustentarán los remedios durante la eternidad y qué o quiénes van a ser los incluidos en la solución.

Lo que sí se sabe es que en 1945 Japón firmó su rendición incondicional a bordo del destructor Missouri, después de que explotaran sobre Nagasaki e Hiroshima dos bombas nucleares bautizadas con los cariñosos nombres de Mi niñito y Mi gordo: “Little Boy” y “Fat Man”, respectivamente. Y que el presidente Roosevelt nombró al general Eisenhower, Emperador Americano de Occidente y poco después el nuevo presidente Truman nombra al general Douglas MacArthur, Emperador Americano de Oriente.

También recuerdan algunos que en la última noche de su Presidencia, Eisenhower, en contra de la voluntad de sus consejeros, quiso hacer una… ¿confesión?  “Hemos constituido un complejo militar-congresional-industrial que sostiene y mantiene equipado y en alerta permanente al ejército más numeroso que ha conocido la humanidad: Ocho millones de hombres armados, listos para actuar en el tiempo que empleaban nuestros ancestros para tomar su fusil y presentarse a las filas… ¡para defender nuestras libertades!”