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Para que todo siga muy parecido / Numerados / Camilo Kawage

  • Camilo Kawage

Doce años de Numerados

1.- La capital de la República ha cambiado de ordenamiento, de situación jurídica y de nombre, a través de una muy dilatada reforma constitucional que tomó décadas; de operación política de alto calibre, y de ansiedad por recursos lícitos que parezcan legítimos. Sigue en duda si los ciudadanos que la habitamos veremos algún día los cantadísimos frutos de ese cambio de status a Entidad Federativa y estado 32 del país, más allá de los vivales que se valdrán de la modificación. Tan ligera ha sido la reacción de los incrédulos, que se pelean por el gentilicio, sin considerar que debería denotar cierta gentileza de los gobernantes hacia la sociedad capitalina.

2.- El estado de cosas en la Ciudad de México no se verá cambiar pronto, ni parece que el logro del gobernador Mancera se traduzca de inmediato en un salvoconducto a Los Pinos. Tampoco se trata de dejar de ser ciudadanos de segunda, ni alcanzamos la total autonomía política y financiera que corresponde a los demás componentes del Pacto Federal. Justo porque es un debate que lleva tanto tiempo en el tintero y en las inquietudes de los jefes de Gobierno desde que el Distrito Federal dejó de ser Departamento Administrativo a cargo del Ejecutivo Federal, hace cerca de cinco años se celebró uno de tantos diagnósticos en la Cámara de Diputados que viene a la memoria.

3.- El seminario lo convocó Miguel López Azuara y lo condujo el discreto y distinguido académico Luis Medina Peña –a la sazón aspirante a presidir el primer nuevo INE-. De los temas que quedan presentes, destaca el de la situación política de la capital: lejos de ser ciudadanos de segunda como tanto se ha insistido, los habitantes del D. F. teníamos la particularidad de vivir en la Sede de los Poderes Federales –que finalmente a los colonos de Iztapalapa debe preocuparles muy poco-, y eje corporativo del país, lo cual no cambiará en nada en el estado de la Ciudad de México.

4.- En cuanto a las prerrogativas hacendarias, o asignación de recursos del erario, los expertos opinaron que el cambio de partidas fiscales que tenía el Distrito Federal no habría de ser superior al convertirse en un estado de la República, sino al contrario, subrayando que las diferencias en calidad política serían bien poco sensibles en la población. En términos generales, no hubo en ese ejercicio político/intelectual ni defensores totales ni totales opositores a la reforma de la Ciudad de México. No era momento de abordar los costos en dinero, ni los que lo van a capitalizar, de los cambios que asoman a la puerta tras su entrada en vigor.

5.- Algunos deben tener listas ya las cuentas de modificar todos los letreros de las calles; todas las señales en los caminos que antes llevaban al DF; toda la papelería oficial que recuerde el antiguo nombre; la pintura de todos los vehículos públicos –de transporte y de servicios-; la nomenclatura toda de los símbolos que distinguían la vieja ciudad, hoy privatizada no solo en las calles y los lugares de estacionamiento, sino ahora coagulada en sus bocacalles por el cierre de las esquinas, en la paradoja de darle movilidad clausurando los cruces de vialidades atascadas de por sí. Ya deben tener la suma de lo que costará volver las calles a la normalidad.

6.- Cuando destraben las calles y sean pavimentadas; cuando no tengamos que dejar roto el coche en un hoyo; cuando la iluminación sea pareja, y cuando no nos sintamos amenazados de muerte al salir, se habrá notado la rumbosa reforma de la CDMX.
camilo@kawage.com