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Para reconciliarse / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Hartos de la sarta de disparates cotidianos -a cargo de las diversas castas divinas-, nos reconcilia la nominación de Enrique Graue Wiechers, al frente de la UNAM.

El acierto de elegir al doctor Graue se debe a la Junta de Gobierno, para el segmento radical universitario, “antidemocrática”. Imposible darles gusto a quienes ejercen la intolerancia y una aparente rebeldía a cualquier estatuto. “Aparente” porque aunque navegan con la bandera de los “puros”, si se rascara en sus trayectorias, se encontrarían pasajes que los colocan como a los “hipócritas, oportunistas y enchayotados oficiales”, con negociaciones debajo del agua.

Haciendo a un lado a estos farsantes, para los que solo el triunfo de Rosaura Ruiz habría sido valedero, quienes conforman el órgano elector tuvieron la enorme cualidad de no permitir que se influyera sobre su determinación.

Con objetividad, hicieron a un lado a quienes se postularon con “dedicatorias” ideológicas, partidistas o cercanías amistosas. Sergio Alcocer llegó marcado por el “beso del diablo”. Se le calificó como al candidato de Los Pinos, lo que, haya o no sido verdad, le costó un despacho para el que se decía dispuesto y con los requisitos esenciales.

Rosaura Ruiz contendía por enésima ocasión, bajo sus banderas de Izquierda -poco claro si perredista o, lo que ha sido marcado en su persona, López Obradorista-. Sus seguidores -amueganados en quienes fueron parte de los tiempos de las duras efervescencias de dizque avanzada, origen de las tantas huelgas y de alborotos sin otro fin que politizar lo que no es politizable-, brincaron con la consigna de la “equidad de género”.

A cualquier puesto, y máxime a uno de semejante envergadura, debe llegar la persona mejor calificada para ejercerlo, sea hombre o mujer. Insistir en la perogrullada de imponer a una señora por el cuento de la tal “equidad”, es del reino del absurdo. Cualquier profesionista, que se precie de serlo, sabe dónde están las batallas: en conseguir un sueldo igual al que ganan los del género opuesto y el mismo reconocimiento a las capacidades, para lo que sale sobrando la imposición aberrante de las cuotas. O ¿se gana algo en la igualdad femenina, cuando por cumplirlas -Congreso- se nombra a las amantes, la esposa, o cualquier otra “Juanita” a la que se quiere “retribuir”?

Los méritos personales no tienen género y esgrimir la condición para apoyar a una candidata, suele acabar en un desastre.

Llegar a la UNAM es dejar fuera la grilla -como se percibe en el discurso de Graue- y dedicar los esfuerzos al campo académico, que es lo suyo. Ideologizar, hacia la derecha o la izquierda, una rectoría es dar al traste con el mismo título de la institución: Universidad proviene de universal y en ella deben caber todas las corrientes de pensamiento, sin distingos, sin favorecer a unas sobre otras y con la apertura a las múltiples fuentes del conocimiento.

Y habría que aclararles a los tantos comunicadores, que pronuncian el segundo apellido como “Güichers”, que se dice “Vijers”, apelativo harto conocido.

Los rumorólogos mencionan que a José Narro se le daría la Secretaría de Salud como premio a sus servicios. Mal haría Peña Nieto en prescindir –ahora sí que- de una mujer que destaca dentro de su débil gabinete, Mercedes Juan, sin excesos, escándalos ni protagonismos, ha sido clave en el sector y merece seguir al frente.

Al eminente Enrique Graue, bienvenido, y su accionar tendrá que confirmar su congruencia y su reconocido humanismo.

catalinanq@hotmail.com

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