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Paseillo en la Plaza de la Concordia

  • Camilo Kawage

1.- Mientras en Washington se acumulan las evidencias contra el comerciante y sus hijos por obstrucción a la justicia en los líos por amistades peligrosas de la Unión Soviética –la de antes y la de ahora-; el hijo ostenta un cinismo que ciertamente no hurta, y que hace la intriga parecida más a una trama de corte nicaragüense que del país más democrático, liberal y respetuoso del orbe, el jefe de la familia cae con toda su ingenuidad envuelto en los brazos de un genio maquiavélico que es el presidente de Francia, que lo hace invitado de honor a la Fiesta Nacional del 14 de julio y lo exhibe en toda su candidez, que eleva al propio Macron a un grado de político que el huésped nunca podrá siquiera imaginar.

2.- Al tiempo que con su habitual vulgaridad el invitado le dice piropos a la esposa de Macron, con los que además se siente gracioso y la burdez de su lenguaje le complementa la cara estreñida, el anfitrión lo utiliza para subirse al timón de Europa como el interlocutor privilegiado para tratar con el zafio, al que ha apabullado con la sola elegancia, el cerebro y el raciocinio del que conoce la filosofía de los tiempos, la condición humana y el espíritu de las leyes. Para cuando su yerno le explique el significado de la refinada trampa en que cayó enterito, Trump ya habrá retomado sus insultos a la prensa mundial, encerrado en la jaula del espionaje ruso.

3.- De esas exquisiteces de la política aquí insistimos en no aprender, porque de toda la añeja sabiduría de nuestra tierra, nos aferramos en rescatar lo menos fructífero y provechoso. Cuando un líder se ensalza a gritos, blandiendo la ideología más arrugada de una derecha conservadora, radical y autoritaria, disfrazada además de izquierda moderna y la multitud lo aclama, es que no hemos estudiado mucho. Pero cuando lleva veinte años en campaña presidencial, y se rodea de antiguos perdedores, y aun así la cauda lo aplaude, ha de ser que la reforma educativa nos llegó tarde.

4.- Si el senador por Puebla aprovechara su experiencia, sus derrotas y su inteligencia; si pudiera reducir su ego a dimensiones terrenas, su largo historial sería un gallardo lujo para el país. Pocos se han preparado para el más alto cargo como él; desde la entrada de Bucareli, conoció todas las puertas, incluidas la de la Comisión Federal Electoral aunque ya se le olvidó; la de la mazmorra de la Dirección Federal de Seguridad, si bien ya no recuerda, hasta la de la alta política de donde se salía a otra oficina a la que no llegó. Su cariz mefistofélico y su desdén a los demás le han ganado, ya vetusto y frustrado, la gracia redentora del ayatola.

5.- De los otros secuaces, igual de tabarderos aunque de menor talante, no se puede decir tanto. Ni Ebrard, ni Alfonso Durazo, ni Korrodi podrían alardear un historial parecido, si bien canjean las lealtades con igual marxiana docilidad. Claro que el sabedor no precisa tanto mercenario del talento: con las ayudas que con sus reiterados tropiezos, negligencias básicas y agujeros en la calle –propia y figurada- le facilita el gobierno, se podría ahorrar el gasto y el ridículo. Pero el caudillo sabe que tiene todavía a Porfirio, a Ifigenia y hasta Cuauhtémoc en cualquier arrebato juvenil de alto gramaje.

6.- Pero si no aprendemos de nuestros propios fracasados, el mismo Trump podría arrojar una lección o dos de cómo también de perdedores puede colmarse el feudo de los autócratas. No solo de sabios vive el reino.
camilo@kawage.com