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Paul Krugman

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La economía diabética

LISBOA, Portugal.- Las cosas están terribles aquí, en Portugal, pero no tan terribles como estaban hace un par de años. Lo mismo se puede decir sobre la economía europea en su conjunto. Es decir, supongo, son las buenas noticias.

Las malas noticias son que ocho años después de lo que se suponía que sería una crisis financiera temporal, la debilidad económica solo sigue y sigue, sin un final a la vista. Y eso es algo que debería preocupar a todos, en Europa y más allá.

Primero, lo positivo: la eurozona -el grupo de 19 países que han adoptado una moneda común- presentó un crecimiento decente en el primer trimestre. De hecho, por una vez fue mejor que el crecimiento en Estados Unidos.

La economía de Europa está, finalmente, un poco más grande de lo que estaba antes de la crisis financiera y el desempleo ha bajado de más de 12 por ciento en el 2013 a un poco más de 10 por ciento.

Pero es revelador de que esto pasa como buenas noticias. Nos quejamos, con razón, sobre el lento ritmo de la recuperación estadounidense -pero nuestra economía ya es 10 por ciento más grande que antes de la crisis, mientras que nuestra tasa de desempleo está otra vez en menos de cinco por ciento.

Y, como dije, no hay final a la vista en el bajo aprovechamiento crónico de Europa. Solo hay que examinar lo que están diciendo los mercados financieros.

Cuando las tasas de interés a largo plazo sobre activos seguros son muy bajas, eso es un indicio de que los inversionistas no ven una recuperación fuerte en el horizonte. Bueno, los bonos alemanes por cinco años producen actualmente menos de 0.3 por ciento; de hecho, los rendimientos son negativos para ocho años.

¿Qué deberíamos pensar de estas tasas de interés increíblemente bajas? Hace poco, Narayana Kocherlakota, el expresidente de Minneapolis Fed, ofreció una brillante analogía. Al responder a los críticos del dinero fácil que censuran las bajas tasas por considerarlas “artificiales” -porque las economías no deberían necesitar mantener bajas las tasas-, sugirió que comparáramos a las bajas tasas de interés con las inyecciones de insulina que deben aplicarse los diabéticos.

Tales inyecciones no son parte de un estilo de vida normal y pueden tener efectos secundarios negativos, pero son necesarias para controlar los síntomas de una enfermedad crónica.

En el caso de Europa, la enfermedad crónica es una debilidad persistente en el gasto, lo cual da a la economía del continente a una inclinación hacia la deflación persistente, aun cuando, como ahora, está teniendo unos cuantos meses relativamente buenos. La insulina del dinero barato ayuda a combatir esa debilidad, aun si no es la cura.

Sin embargo, mientras que las inyecciones monetarias han ayudado a contener los infortunios de Europa -uno tiembla al pensar lo mal que podrían haber salido las cosas sin el liderazgo de Mario Draghi, el gobernador del Banco Central Europeo-, no han producido nada que se le parezca a una cura. En particular, a pesar de los esfuerzos del Banco, la inflación subyacente en Europa parece atascada muchísimo más abajo del objetivo oficial de dos por ciento.

Entre tanto, el desempleo en gran parte de Europa, donde está incluida con mucho mi actual ubicación, todavía está en niveles que están infligiendo un enorme daño humano, social y político.

Es notable que en España, que hoy día se está pregonando como una historia de éxito, el desempleo entre la juventud todavía está en un increíble 45 por ciento.

Y no hay nada en reserva para lidiar con un impacto nuevo. Supongamos que Grecia se vuelve a calentar, o que los británicos votan para salirse de la Unión Europea, o que la economía china se precipita por un acantilado, o lo que sea. ¿Qué podrían hacer o harían los formuladores europeos de políticas para compensar el golpe? Pareciera que nadie tiene idea.

La cuestión es que no es difícil ver lo que Europa debería estar haciendo para ayudar a curar su enfermedad crónica. Los argumentos para un mayor gasto público, en especial en Alemania -pero también en Francia, que tiene una mejor situación fiscal de lo que parece que se dan cuenta sus propios dirigentes-, son abrumadores.

Hay enormes necesidades no satisfechas de infraestructura y, esencialmente, los inversionistas les están rogando a los gobiernos que tomen su dinero. ¿Mencioné que la tasa de interés real para 10 años, la tasa sobre los bonos que están protegidos de la inflación es de menos 0.8 por ciento?

Y hay buenas razones para creer que gastar más en el centro de Europa tendría grandes beneficios también para los países periféricos.

Sin embargo, hacer lo correcto parece políticamente imposible. Lejos de mostrar cualquier disposición para cambiar el rumbo, los políticos alemanes están atacando constantemente al Banco Central, la única institución europea importante que parece tener alguna pista sobre lo que está pasando.

Se puede expresar así: ir a Europa puede hacer que un estadunidense se siente bien respecto de su propio país.

Sí, uno de nuestros dos partidos principales está posicionado para nominar candidato a la presidencia a un fanfarrón peligroso; pero ha sido evidente desde hace algún tiempo que el Partido Republicano estaba en el proceso de enloquecer y las probabilidades son que, de hecho, no terminará en la Casa Blanca.

Entre tanto, la situación económica y política de conjunto en Estados Unidos da motivos amplios para la esperanza, la cual está muy escaza por acá.

Me encantaría ver a Europa salir de su depresión. ¡El mundo necesita más democracias vibrantes! Sin embargo, por el momento, es difícil ver algún signo positivo.