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Paul Krugman

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Idiotas útiles a montones

En un editorial del miércoles en The Times, se describió a Donald Trump como “un idiota útil” que sirve a los intereses rusos. Eso podría no ser exactamente correcto. Después de todo, se supone que los idiotas útiles no se dan cuenta de cómo los están utilizando, pero es probable que Trump sepa muy bien cuánto le debe a Vladimir Putin. Hay que recordar que alguna vez pidió abiertamente a los rusos que ciberpiratearan los correos electrónicos de Hillary Clinton.

Con todo, el panorama general de un presidente electo que, en parte, le debe su cargo a la intervención a una potencia extranjera y muestra todos los signos de estar preparado para usar a la política estadounidense para recompensarla, es certero.

Pero seamos honestos: Trump, de ninguna forma es el único idiota útil en esta historia. Como aclara el reportero reciente de The Times, los malos no pudieron haber ciberpirateado las elecciones estadounidenses sin mucha ayuda, tanto de los políticos como de los medios de información estadunidenses.

Voy a explicar a lo que me refiero cuando digo que los malos ciberpiratearon las elecciones. No estoy hablando de alguna especie de alocada teoría de la conspiración. Estoy hablando del efecto evidente de dos factores en la votación: el empecinamiento constante de las filtraciones artificiosas sobre los demócratas, y solo los demócratas, y la dramática intervención de último minuto de la FBI, la cual parece haberse convertido en una institución altamente partidista, con marcadas simpatías por la derecha alternativa.

¿Realmente hay alguien que dude que estos factores movieron los votos en los estados oscilantes, en al menos uno por ciento? De ser así, marcaron la diferencia en Michigan, Wisconsin y Pensilvania, y, por tanto, le entregaron a Trump las elecciones, aun cuando recibió casi tres millones de votos menos en total. Sí, se piratearon las elecciones.

Por cierto, la gente que responde a esta observación con los errores en la estrategia de la campaña de Clinton no entiende nada, y prosiguen con su idiotez útil. Errores hay en todas las campañas. ¿Desde cuándo estos errores excusan la subversión de unas elecciones por parte de una potencia extranjera y un organismo del orden público interno sin escrúpulos?

¿Entonces, por qué funcionó la subversión?

Es importante darse cuenta de que la declaración poselectoral de la CIA de que Rusia había intervenido en nombre de la campaña de Trump fue la confirmación, no la revelación (aunque ahora sabemos que Putin se involucró personalmente en el esfuerzo).

La inclinación de Trump y sus asesores a favor de Putin fue obvia meses antes de las elecciones -yo escribí al respecto en julio-. A mediados del verano, la estrecha relación entre WikiLeaks y la inteligencia rusa también era obvia, al igual que la creciente alineación del sitio con los nacionalistas blancos.

¿Acaso los políticos republicanos, tan grandes para ondear la bandera e impugnar el patriotismo de sus rivales, rechazaron esta ayuda extranjera para su causa? No, no lo hicieron. De hecho, hasta donde yo sé, ningún personaje importante republicano siquiera estuvo dispuesto a criticar a Trump cuando directamente le pidió a Rusia que ciberpirateara a Clinton.

Esto no debería ser una sorpresa. Ha sido evidente desde hace mucho -excepto, al parecer, para los medios de información- que el Partido Republicano moderno es una institución radical que está lista para violar las normas democráticas en su búsqueda del poder. ¿Por qué la norma de no aceptar la asistencia extranjera sería diferente?

La sorpresa mayor fue el comportamiento de los medios de información y no me refiero a las noticias falsas; hablo de las agencias grandes y prestigiosas. De los correos electrónicos filtrados, que todos sabían que era probable que fueran producto del ciberpirateo ruso, se informó ansiosamente como revelaciones impactantes, aun cuando, en su mayor parte, no revelaban nada más que el hecho de que los demócratas son personas.

Entre tanto, los medios de información sumisamente resaltaron la nota del servidor de Clinton, en la que nunca se involucró evidencia alguna de algún delito, pero fundió al imaginario público en la percepción de un vasto escándalo de los correos electrónicos cuando que no había nada de eso.

Y también está la carta de Comey. Literalmente, la FBI no encontró nada. Sin embargo, la carta dominó las primeras planas y la cobertura de la televisión, y dicha cobertura -que hicieron agencias de noticias que de seguro sabían que las estaban usando como armas políticas- es casi seguro que fue decisivo el día de las elecciones.

Como dije, hubo muchos idiotas útiles este año e hicieron que el ciberpirateo de las elecciones fuera un éxito.

¿Ahora qué? Si hemos de tener alguna esperanza de redención, la gente tendrá que dejar de permitir que la utilicen como sucedió en el 2016. Y el primer paso es admitir la terrible realidad de lo que acaba de pasar.

Eso significa no tratar de cambiar el tema a la estrategia de campaña, que es un tema legítimo, pero no tiene nada que ver con la cuestión de la subversión electoral. Significa no dar excusas por la cobertura noticiosa que empoderó a esa subversión.

Y significa no actuar como si hubieran sido unas elecciones normales, cuyo resultado le da al ganador cualquier tipo de mandato o, en efecto, cualquier legitimidad más allá de los puros requerimientos legales. Podría ser más cómodo fingir que las cosas están bien, que la democracia estadunidense no está en el filo. Sin embargo, eso sería llevar a la idiotez útil al siguiente nivel.