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Pedro Peñaloza

  • Pedro Peñaloza

México a la deriva

“La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”.

Bertolt Brecht

1. Gobierno de párvulos. Los creadores y diseñadores de la candidatura presidencial del licenciado Enrique Peña, nunca se imaginaron el significado práctico al tenerlo como titular del poder Ejecutivo. Sí, dejémonos de eufemismos y evasivas, la administración peñista es un desastre y conste que no se trata de un calificativo superficial y momentáneo, lejos de ello, es una caracterización política de lo que ha sido la administración de un pequeño grupo que no tiene la menor idea de lo que es gobernar un país donde la desigualdad y la inequidad estallan por doquier. Presidente limitado y Gabinete a su altura, secretarios del despacho sin personalidad, sin talento y agazapados en sus oficinas; incapaces de mover un dedo sin la autorización de su jefe, funcionarios arribistas y ocurrentes, educados por el pragmatismo y la sed de ganar dinero. No más. Así, ante los próximos comicios locales, la burbuja peñista pretende obtener un saldo favorable para mantenerse en el poder en la elección presidencial. Sus anteojos no ven más, poco importan los resultados de una administración dedicada a asumir los roles asignados por el capitalismo financiero.

2. Partidos de temporal. La vida electoral mexicana es un fiasco, se desenvuelve entre el arribismo y la anemia intelectual. Partidos que estorban y mediatizan las luchas sociales, instrumentos de control y no de organización comunitaria, organismos convertidos en agencias de colocaciones de amigos e incondicionales; grupos asociados por intereses evidentes y grotescos, dilapidadores de recursos públicos y con manos largas; pequeñas élites cohesionadas por las miserias coyunturales y la ostentación del poder, confederaciones de ineptos y corruptos; albaceas del corporativismo y el clientelismo; promotores del sufragismo y practicantes de la “dedocracia”. En efecto, los partidos mexicanos deterioran la vida política y la convierten en un bazar de mezquindades administrado por una poderosa e inamovible “mediocracia”.

3. La seguridad como negocio. La clase dominante, sus partidos y las cúpulas empresariales tienen un denominador común: conciben a la llamada inseguridad pública como un fenómeno exógeno, es decir que el disparo de las violencias y de los delitos son ajenos al modelo de desarrollo económico. Por lo tanto, con este insulso razonamiento únicamente lo que se tiene que realizar es gastar recursos en el perfeccionamiento de los aparatos de control penal y policiaco-militar; el esquema es vendible, un alimento comercializable. Con este “brillante” razonamiento los delincuentes son “enemigos” que pretenden afectar la “paz” pública. En esta línea de pensamiento, lo que queda al margen es el proceso de acumulación capitalista y en especial la grosera desigualdad, siendo este el vector central que puede explicar la polarización social y los procesos de descomposición comunitaria.

Epílogo. Los procesos democráticos y electorales están eclipsados, la simulación convierte a los ciudadanos de a pie en simples piezas de ornato que son movibles y comprables por despensas diversas y amenazas directas y concretas. El horizonte, como se ve, no es nada gratificante. El poder de las mayorías está congelado, nadie se mueve, los pocos lo hacen dispersos y aislados sin rumbo ni claridad. La clase dominante aprovecha y fomenta la administración del miedo. Economía y política son manejadas desde las oficinas de un puñado de mandarines autoritarios que suelen carcajearse de quienes los criticamos, duermen tranquilos porque sus inversiones están seguras en alguno paraíso financiero. El espectáculo está listo, los millones de extras, los actores intermitentes y centrales están más que prestos para que los minoritarios directores de la obra les ordenen cualquier desplante histriónico. 

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter:@pedro_penaloz