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Pedro Peñaloza

  • Pedro Peñaloza

“Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa”.

José Ortega y Gasset

  • Tiempos de incertudumbre

1. La inacción. En la soledad acompañada de sus mullidos sillones y amplias oficinas, el grupo político en el poder no atina a encontrar salidas al torbellino en que se encuentra inmerso. Por supuesto, no estamos hablando de un pequeño traspiés del sistema, lejos de ello, estamos en presencia de una crisis múltiple, que atraviesa diversas áreas y espacios.

Expliquémonos: la elite peñista arribó a Los Pinos con las banderas del cambio y las fanfarrias de una “nueva generación”. Ahora, visto retrospectivamente, el saldo que arroja el grupo político hegemónico no es nada promisorio. En todos los rubros se vive el fracaso y se ha amplificado el deterioro de la imagen presidencial, cuyo elemento, sin duda, afecta la gobernabilidad.

Sin embargo, parece ser que en la clase política dominante no existe conciencia de su debacle, no obstante el seco golpe de las elecciones estatales de junio pasado, es más, la respuesta del inquilino de Los Pinos, frente al revés sufragista, fue imponer en su partido a un presidente, Enrique Ochoa Reza, carente de experiencia política y ayuno de personalidad. Sí, la mediocracia ya ocupaba las oficinas del Gobierno, ahora también del priísmo.

2. Las cifras. El Gobierno peñista no puede ni siquiera garantizar las promesas históricas del añejo contractualismo, aquellas idílicas seguridades, tanto personal como patrimonial, se han diluido en los discursos vacíos y en los presupuestos cuantiosos e ineficaces. De poco han servido los desplantes del populismo punitivo, las cárceles atestadas y las torretas encendidas. La crisis es total. El bálsamo de los juicios orales queda como engañosa aspirina frente al derrumbe del sistema penal, que asoma por doquier sus cuarteaduras.

Contribuyendo a nuestros argumentos, la reciente Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Seguridad Pública (Envipe), hecha en 2016, refleja con meridiana claridad el miedo colectivo que envuelve a una población prisionera del individualismo, la incredulidad y la desconfianza institucional. Durante 2015 los hogares mexicanos invirtieron 77 mil 900 millones de pesos en medidas de protección; de esta forma, el costo total a consecuencia de la inseguridad y el delito en el país, ascendió a 236 mil 800 millones de pesos; asimismo, se reporta que el año pasado se cometieron 64 mil 459 secuestros, aunque una cifra menor que en 2014, siguen siendo datos preocupantes, ya que equivalen a 176 plagios al día. Además, no podemos olvidar que este delito tiene una cifra negra del 99 por ciento, a decir de las estadísticas del INEGI. (Franco, Reforma, 28/09/16).

Por otro lado, el nivel de confianza en las autoridades a cargo de la seguridad nacional, seguridad pública, procuración e impartición de justicia, continua la Encuesta Nacional, el 87 por ciento de la población de 18 años y más identifica a la Marina como la autoridad que mayor confianza le inspira, en pocas palabras, para ratificar el carácter de la crisis sistémica, la credibilidad se orienta a un cuerpo del Estado que no está preparado ni tiene como función primigenia el desarrollar de tareas que enfrenten la inseguridad urbana. Por tal motivo, no es casualidad el crecimiento de la llamada “cifra negra”, así, el descredito de los ministerios públicos resulta explicable.

Epílogo. Es evidente que la crisis política del grupo en el poder presenta múltiples raíces y todo indica que tiende a profundizarse, por una sencilla razón: no tiene nada sólido que ofrecerle a una población mayoritariamente atrapada por la desesperanza.

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter:@pedro_penaloza